Día 4
Día 4 de 7 4 de junio

Dios habló después de 400 años de silencio. Y empezó con «no temas».

Cuatrocientos años sin una sola palabra de Dios. Y cuando vuelve a hablar, la primera frase no es un reto ni un sermón. Es: «No temas». Dios siendo Dios, y lo primero que dice es eso. Hay que aprender de eso.

Bueno, para que te ubiques: el pueblo de Israel tuvo 400 años de silencio divino. Nada. Ningún profeta, ninguna palabra nueva, ninguna señal. Solo el eco de lo que Dios había dicho antes. Cuatrocientos años. Tu marido se queja de que la esposa lleva seis meses sin hablarle, y ya parece el fin del mundo. Imaginate cuatrocientos años.

¿Por qué el silencio? Porque hay sabiduría en el silencio. A veces el silencio habla más que un largo discurso. Cuando vos seguís haciendo lo mismo después de que te avisaron mil veces, llega un momento en que Dios dice, como cualquier padre que ya agotó la paciencia: «Bueno, hacé lo que querés. Pero no vengas a llorarme después». No es crueldad. Es consecuencia. Y las consecuencias son la mejor maestra que existe, aunque sea la más cara.

Ahora, lo que me parece increíble, lo que me parece una barbaridad de amor, es que Dios no se quedó callado para siempre. Vuelve. Y cuando vuelve, en Lucas 1, le habla al sacerdote Zacarías a través del ángel Gabriel. Y lo primero que dice es «no temas». Después de 400 años. Después de todo. Dios vuelve con consolación, no con condena. Le dice: «Tu oración fue oída. Te voy a dar un hijo. Su nombre va a ser Juan». ¿Sabés lo que es eso? Zacarías y su esposa Elizabet llevaban años orando por un hijo. Años. Y Dios les estaba escuchando todo ese tiempo aunque parecía que no. Ahí está la clave, hermano: el silencio de Dios no es abandono. Es acumulación de algo que va a venir.

"«Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones.»"

Hebreos 3:15 · NVI

Y acá viene la parte donde me río un poco, porque Zacarías la pifió de manera épica. El ángel Gabriel, nada menos que Gabriel, que está delante del trono de Dios, le da la mejor noticia de su vida. Y Zacarías, en vez de decir «amén, gloria a Dios», dice: «¿Y cómo voy a saber esto? Porque yo soy viejo y mi esposa también». O sea, el ángel Gabriel le está hablando y él responde con el parte médico de los dos. Ahí Dios miró al ángel, el ángel miró a Dios, y le dijeron: «Te quedás mudo». Pero acá viene lo que dijo el predicador y que me quedó: no fue un castigo. Fue misericordia. Porque Dios sabía que Zacarías iba a seguir hablando, hablando, hablando, y cada palabra iba a ser un «pero», un «sin embargo», un «y si no resulta». Entonces Dios le regaló el silencio. Callate y esperá que esto se cumple. ¿Cuántas veces nuestras palabras son las que más nos embroman? Hablamos, hablamos, convencemos a todos de que no va a salir bien, y al final nos convencemos a nosotros mismos. A veces la mejor oración que podés hacer es cerrar la boca y dejar que Dios trabaje.

II Versículo

"«Pero el ángel le dijo: Zacarías, no temas, porque tu oración ha sido oída, y tu mujer Elisabet te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Juan.»"

Lucas 1:13 · NVI
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¿Qué hacés con esto?

Hoy te propongo algo concreto. Si sentís que Dios estuvo callado en algún área de tu vida, si estás esperando una respuesta que no llega, hacé lo que Zacarías tendría que haber hecho: callate y confiá. No estoy diciendo que no ores. Estoy diciendo que ores sin el «pero» al final. Sin el parte médico. Sin la lista de razones por las que no puede salir bien. Orar con fe es decirle a Dios: «Yo no entiendo el cómo, pero creo que vos podés». Y después cerrar la boca y ver qué pasa. Probá eso hoy. Una sola área. Entregala sin el «pero».

Dios volvió después de 400 años y empezó con «no temas». Si estás esperando que Dios te hable, no endurezcás el corazón. Puede ser que la respuesta ya esté más cerca de lo que pensás. Es así. Es así.

Emilio
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