Oír mucho no es lo mismo que cambiar algo
¿Cuántos mensajes escuchaste en tu vida? ¿Cuántos domingos, cuántos estudios bíblicos, cuántas prédicas que te sacudieron en el momento y después se fueron con la semana? Hay un peligro silencioso que no se parece al pecado obvio. No tiene olor a alcohol ni a escándalo. Se llama acomodamiento. Y lo más grave es que uno ni se da cuenta.
La iglesia de Laodicea había escuchado al apóstol Pablo. Había escuchado a Timoteo. Me imagino lo que habrán sido esas ministraciones: hombres llenos del Espíritu, con un mensaje fuerte, claro, lleno de sabiduría. Y aún así, el Señor les dijo que estaba afuera llamando a la puerta. «He aquí, yo estoy a la puerta y llamo.» Eso significa que Jesús no estaba adentro. Estaba en la vereda, tocando el timbre, y nadie le abría.
Ahora, ¿cómo se llega a ese punto? No de golpe. Gradualmente. Año tras año, uno puede sentarse en una iglesia, escuchar sermones que conmueven, levantar la mano en la adoración, dar sus diezmos, y sin embargo no terminar de entregarse totalmente. Corren así los años. Y el corazón se va endureciendo, no con maldad, sino con apatía. Con acostumbramiento. Hasta que ya el martillo de la palabra no quiebra nada.
Y entonces viene lo más peligroso de todo: uno empieza a creer que está bien. Porque si llevás años en la iglesia y Dios no te fulminó, algo bueno debés estar haciendo. Si prosperaste, si tu familia está relativamente bien, si la gente te respeta, eso tiene que ser señal de que Dios está contento. Así razonamos. Así razonaba Laodicea.
Pero Pablo le advierte a la iglesia de Roma algo brutal en Romanos 2. Les dice: vos tenés el sobrenombre de creyente, te apoyás en la Biblia, te glorificás en Dios, conocés su voluntad, enseñás a otros. Bien. Pero después les pregunta: ¿y vos te enseñás a vos mismo? ¿Vos que predicás que no se debe hurtar, hurtás? ¿Vos que abominás los ídolos, cometés sacrilegio? Y cierra con esto: el nombre de Dios es blasfemado entre los que no creen por causa de ustedes. Es fuerte. Muy fuerte. Y muy actual.
"en fin, tú que enseñas a otros, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas contra el robo, ¿robas? Tú que dices que no se debe cometer adulterio, ¿adulteras? Tú que aborreces a los ídolos, ¿robas de sus templos? Tú que te jactas de la Ley, ¿deshonras a Dios quebrantando la Ley? Así está escrito: «Por causa de ustedes se blasfema el nombre de Dios entre los no judíos»."
Romanos 2:21–24 · NVIHubo un predicador en Estados Unidos, lo contó el pastor Wilkerson, que tenía un ministerio que creció enormemente. Milagros, gente que cambiaba su vida, multitudes. Y este hombre, con el crecimiento, llegó a poner detrás del púlpito un versículo que decía «nadie puede hacer estas cosas si Dios no está con él». Lo ponía como prueba de que Dios lo respaldaba. Mientras tanto, sus colegas le decían desde hacía tiempo: tenés que dejar la bebida. Era alcohólico. Pero los milagros seguían, la gente seguía cayendo, así que él interpretaba eso como aprobación divina. La historia termina con ese hombre muriendo solo en una habitación de mala muerte en un barrio marginal de San Francisco. Podés estar haciendo cosas que parecen bendecidas por años, y las consecuencias llegar igual. Tarde, pero llegan.
"Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré y cenaré con él, y él conmigo."
Apocalipsis 3:20 · NVIEsta semana, después de leer esto, no te quedes en el análisis. Hacé una sola cosa: buscá un momento a solas, no tiene que ser largo, y preguntale a Dios con honestidad: «Señor, ¿hay algo en mí que creí que estaba bien y no lo está?». Sin apuro. Sin defensas. Solo la pregunta. Y esperá. Él no grita, pero cuando abre la boca, se nota.
Oír la palabra sin dejarla entrar es el camino más tranquilo hacia el lugar más peligroso. No te conformes con ser un buen oyente. Abrile la puerta.
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