Dejate confrontar antes de que te cueste caro
Mira, te voy a decir algo con toda la ternura que puedo. Si llegaste a este sábado con la semana entera encima, con todo lo que se movió estos días, y seguís pensando que el devocional de cada mañana era para el vecino de al lado, para el cuñado, para la hermana del grupo de WhatsApp... bueno, tomalo con humor, porque eso también es una forma de esconderse. Y te lo digo porque a mí me pasa. A veces escucho algo que me cae justo y lo primero que pienso es: uy, fulano necesita oír esto. Antes de pensar: uy, yo necesito oír esto.
Esta semana hablamos de la tibieza, del corazón engañoso, del acomodamiento, del ego que se muestra hasta en una reacción de fútbol. Y hay una pregunta que está flotando desde el lunes y que hoy quiero poner directamente sobre la mesa: ¿cómo salís de esto?
Porque sería muy cruel pasar cinco días mostrando el problema y no hablar de la salida. Y hay una salida. No es complicada, pero sí es humillante para el ego, y por eso poca gente la toma en serio.
Primero: pedirle al Espíritu que te escudriñe. No de manera formal, no como parte del ritual de orar antes de comer. Sino sentarte de verdad y decirle a Dios: mostrámelo. Como lo hizo David, que era un hombre de corazón recto delante de Dios y aun así necesitaba orar así. Si David lo necesitaba, ¿vos y yo no?
Segundo: aceptar la reprensión. Esto es donde se cae la mayoría. Porque cuando alguien te dice algo que te señala un error, el ego salta antes de que terminés de procesar. Y empieza el catálogo de respuestas: no me conocés, estás exagerando, vos también tenés tus cosas, lo dijiste de mala manera. Todo para no escuchar lo que en el fondo sabés que tiene algo de verdad.
Tercero: el arrepentimiento inmediato. No el arrepentimiento de tres semanas después cuando ya todo explotó. El de ahora. El de meter el freno antes de que el ego construya toda una fortaleza alrededor del error. Porque una vez que construyó la fortaleza, hay que derribarla ladrillo por ladrillo, y eso duele mucho más.
Y todo esto no es debilidad. Es exactamente lo contrario. El que puede decir me equivoqué, pido perdón, fallé, ese tipo o esa mujer tiene una fortaleza interior que el que justifica todo no tiene. Porque el que justifica todo necesita que todos le den la razón para sentirse bien. El que se arrepiente no necesita eso.
Hay una historia de David Wilkerson que me queda grabada. Era un predicador muy confrontativo, tenía mensajes durísimos, la gente lloraba, se quebraba, todo el tiempo hablando de juicio y de pecado. Y un día salió a cenar con un empresario que venía a su iglesia hace años. Y en la mitad de la cena, el tipo se paró y le dijo: pastor, basta. Yo cuando le escucho a usted no tengo paz. Soy un empresario que se rompe el lomo para mantener su empresa y cada domingo escucho que viene una gran depresión, que viene un juicio, que viene. No hay consuelo en sus palabras. Y se fue.
Wilkerson le dijo a su esposa, molesto: ¿qué le pasa a este tipo? Yo estoy advirtiendo, es un acto de amor. Y su esposa le dijo: David, él tiene razón.
Y ahí se paró. Habló con sus hijos, con sus líderes, y todos le dijeron lo mismo: sí, pastor, ya está. Necesitamos esperanza también. Y fue así que empezó a equilibrar sus mensajes: confrontación, sí, pero con consuelo, con fortaleza, con algo que aliente el corazón. Me parece que ese empresario le regaló algo enorme a Wilkerson ese día. Y Wilkerson tuvo la inteligencia de no salir a justificarse.
"Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis ansiedades. Fíjate si voy por un camino que te ofende y guíame por el camino eterno."
Salmos 139:23–24 · NVIHoy es sábado, y eso tiene algo bueno: mañana te reunís con tu comunidad, con tu gente. Antes de llegar ahí, hacé una cosa. Cinco minutos, solos vos y Dios. Sin música, sin podcast, sin nada. Y decile literalmente esto: Señor, examíname. Mostrámelo. Lo que sea que tengo que ver, quiero verlo. Y después, si aparece algo, no lo tapes. No lo archives para después. Hacé algo con eso hoy. Manda un mensaje, llama a alguien, pedí perdón por algo que quedó pendiente. No hace falta un gesto enorme. A veces alcanza con una sola frase honesta para empezar a mover algo que lleva tiempo quieto.
Esta semana entera fue una invitación a mirarse. No para sentirse mal, sino para cambiar de verdad. Dios no reprende porque le gusta ver gente en el piso. Reprende porque quiere verte de pie, pero de pie de verdad, no de pie sobre una mentira que vos mismo te contás. Ese es el amor detrás de todo esto.
Santa Biblia, Nueva Versión Internacional® NVI® | © 1999, 2015, 2022 por Biblica, Inc. | Usado con permiso. Reservados todos los derechos en todo el mundo.
Textos bíblicos provistos por API.Bible
Comentarios
Todavía no hay comentarios. Sé el primero.
Tu comentario será revisado antes de publicarse.