Día 5
Día 5 de 7 11 de septiembre

Fe no es ignorar los gigantes

Doce hombres entraron a espiar la tierra prometida. Los doce volvieron. Y los doce dijeron exactamente lo mismo: la tierra es espectacular, hay gigantes, las ciudades están amuralladas, el ejército que nos espera es serio. Los doce vieron lo mismo. Los doce llegaron a la misma información. Y diez dijeron "no se puede" y dos dijeron "sí se puede". La diferencia no estaba en lo que vieron. Estaba en lo que creyeron.

Esto me parece importante aclararlo porque a veces cuando uno habla de fe parece que estuviese hablando de ingenuidad. Como si Josué y Caleb hubiesen llegado a Canaán, visto los gigantes y dicho "¿qué gigantes? yo no veo nada, todo bien, hermoso, entremos". No, no. Ellos vieron los gigantes. Ellos vieron los muros. Ellos vieron los ejércitos. Y dijeron igual "vamos".

O sea, la fe bíblica no es negarle la realidad a la realidad. No es ponerse unos anteojos rosados y convencerte de que el problema no existe. Eso no es fe, eso es negación. Y la negación tarde o temprano te explota en la cara.

La fe es algo distinto. Es ver todo lo que hay, evaluarlo claramente, y después mirar algo más: la promesa de Dios. Josué y Caleb no tenían información diferente a los otros diez. Tenían perspectiva diferente. Los diez miraron el tamaño del problema. Los dos miraron el tamaño del Dios que había prometido.

Ahí está la diferencia, gente. No en lo que ves, sino desde dónde lo mirás.

Y fijate en esto: Caleb tenía cuarenta años cuando fue a espiar la tierra. Cuarenta años. Y cuarenta y cinco años después, cuando finalmente se reparte la tierra entre las tribus, este señor de ochenta y cinco años va donde Josué y le dice, más o menos, "dame el monte donde están los gigantes más grandes". Ochenta y cinco años. Con artritis, con canas, con todo. Y pide la parte más difícil.

¿Por qué? Porque él creyó. Cuarenta y cinco años antes creyó que Dios iba a cumplir, y esperó con esa convicción intacta décadas enteras. Eso es fe. No la que dura una semana después del retiro espiritual. La que aguanta cuarenta y cinco años de desierto.

Me acuerdo de una señora, acá en la iglesia, que me contó que llevaba seis años orando por su hijo. El chico andaba en la mala junta, la había mandado al frente más de una vez, había hecho cosas de las que uno ni habla. Y cada vez que la veía, la preguntaba "¿cómo está él?" y me decía "todavía no, pastor, pero yo sigo creyendo". No con una sonrisa forzada, no con cara de que no pasaba nada. Ella sabía exactamente lo que estaba pasando. Lo contaba con los ojos llenos de lágrimas. Pero decía igual "yo sigo creyendo". Seis años después ese chico estaba acá adentro, llorando en una silla, entregando su vida. Los diez exploradores hubiesen dicho "es imposible, el chico ya está muy perdido". Ella eligió mirar desde otro lado.

II Versículo

"Si el Señor se agrada de nosotros, nos hará entrar en ella. ¡Nos va a dar una tierra donde abundan la leche y la miel! Así que no se rebelen contra el Señor ni tengan miedo de la gente que habita en esa tierra. ¡Ya son pan comido! No tienen quién los proteja, porque el Señor está de parte nuestra. Así que, ¡no les tengan miedo!"

Números 14:8–9 · NVI
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¿Qué hacés con esto?

Hoy, antes de que termine el día, hacé esto: anotá en un papel el problema que más te pesa. El gigante que tenés enfrente. Escribilo con nombre y apellido, sin suavizarlo. Y después, al lado, escribí una promesa de Dios que aplique a esa situación. No para negar el problema. Para recordar que no es lo único que está en la ecuación. Eso es lo que hacían Josué y Caleb: no desestimaban la realidad, la ponían al lado de la promesa. Y la promesa siempre era más grande.

Los gigantes eran reales. Los muros eran reales. Y Dios era más real que todo eso junto. Josué no cerró los ojos para creer. Los abrió bien, miró todo, y eligió confiar igual. Esa es la fe que aguanta.

Emilio
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