La victoria no empieza abajo, empieza arriba
Éxodo 17 tiene una de las escenas más raras de toda la Biblia. Hay una batalla en el valle, Josué peleando con los amalecitas, y arriba en un monte hay un viejo con los brazos levantados. Y lo que pasa abajo depende de lo que pasa arriba.
Cuando los brazos de Moisés estaban en alto, Israel ganaba terreno. Cuando los bajaba de cansancio, Amalec empezaba a avanzar. Entonces le pusieron una piedra para que se sentara, y Aarón y Ur le sostuvieron los brazos hasta que terminó la batalla. Y dice el versículo 13: Josué deshizo a Amalec.
Esperate. ¿Josué deshizo a Amalec? Sí. Pero si leés el contexto, está clarísimo que la victoria vino de arriba, del monte, de los brazos levantados que representaban dependencia de Dios. Josué fue valiente. Josué lideró. Josué se esforzó. Pero la verdadera victoria no vino de su fuerza.
Ahora, ojo, no me malentiendas. El Señor no le dijo a Josué que se quedara en la carpa descansando mientras Dios resolvía. Le dijo que peleara. Y él peleó. Hay que pelear. Si estás sin trabajo, golpeá puertas, capacitate, salí a buscar. Si tu matrimonio está complicado, no te cruces de brazos esperando un milagro. Trabajá, cambiá, hacé algo. El esfuerzo importa.
Pero escucha bien esto: tu victoria real, la que dura, la que trasciende, no va a venir de tu fuerza. Va a venir del cielo. Y eso no es un consuelo para flojos. Es la condición para que lo que construyas tenga fundamento eterno y no se caiga cuando venga el primer viento fuerte.
El problema con muchos de nosotros es que oramos cuando ya no nos queda otra. Cuando ya probamos todo lo demás y nada funcionó, ahí recién levantamos los brazos. Le damos a Dios el turno que le corresponde después de que fracasaron todos los otros. Y después nos preguntamos por qué la batalla la estamos perdiendo.
"Estos confían en sus carros de guerra, aquellos confían en sus corceles, pero nosotros confiamos en el nombre del Señor nuestro Dios."
Salmos 20:7 · NVIMe pasó con un hombre que vino a verme desesperado porque su matrimonio se estaba cayendo a pedazos. Le había sido infiel a su esposa. Me decía: «Pastor, la llamo, le mando flores, le escribo, me presento en la puerta». Y la mujer le decía: «Dame tiempo, dame espacio». Y él insistía, boom, boom, boom, como golpeando una pared. Le dije: pará. Pará un momento. Antes de hablar con ella, hablá con Dios. Antes de planear tu estrategia de reconquista, levantá los brazos. Cambiá vos primero, genuinamente, y dejá que Dios haga lo que vos no podés hacer. Eso no es resignación. Es inteligencia espiritual.
"Mientras Moisés mantenía los brazos en alto, la batalla se inclinaba en favor de los israelitas; pero, cuando los bajaba, se inclinaba en favor de los amalecitas."
Éxodo 17:11 · NVI¿Qué batalla estás peleando sola, solo, con tus propias fuerzas? Nombrala. No en abstracto. Nombrala de verdad. Y esta mañana, antes de ir a pelear, levantá los brazos. Orá de manera específica sobre esa situación. No una oración genérica de dos minutos. Una oración donde le decís a Dios exactamente qué está pasando y le pedís que intervenga donde vos no llegás.
Josué fue uno de los mejores generales de la historia. Pero su secreto no estaba en el valle. Estaba en el monte. El tuyo también.
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