No todas las batallas son tuyas
Jericó cayó sin que Israel disparara una sola flecha. Las murallas eran tan anchas que había gente viviendo arriba, en casas construidas sobre el muro. Cinco, seis metros de piedra. Y cayeron hacia afuera. Los arqueólogos dicen que fue un terremoto. Puede ser. Dios pudo haber enviado un terremoto en ese instante preciso. Lo que está claro es que Israel no lo hizo.
Después de Jericó viene Jaí. Una ciudad mucho más chica. Sin muralla imponente. Sin el peso histórico de la primera batalla. Y pierden. Pierden estrepitosamente. ¿Qué pasó?
Pasó que nadie le preguntó a Dios si debían ir. Después de la victoria de Jericó, la confianza estaba alta, el ánimo estaba alto, y alguien decidió que Jaí era el siguiente paso lógico. Sin consultar. Sin buscar la voz de Dios. Por las propias cabezas.
Y además pasó otra cosa: un hombre llamado Acán había desobedecido a Dios tomando cosas del saqueo de Jericó que Dios había dicho que eran suyas. Lo escondió en su carpa. Y ese pecado oculto contaminó a todo el pueblo.
Dos lecciones ahí. Primera: hay batallas que Dios no te llamó a pelear. Y si las peleás igual, por tu carácter peleador, por costumbre, por ego, por lo que sea, no vas a tener la cobertura de Dios. La Biblia dice en cuanto dependa de ti, estate en paz con todos los hombres. No busqués el conflicto. Hay gente que le encanta la pelea. Cuidado con eso. Eso es carnalidad disfrazada de valentía.
Segunda: la desobediencia en privado tiene consecuencias en público. Lo que Acán escondió en su carpa afectó a miles de personas en el campo de batalla. Lo que guardamos escondido, lo que no tratamos, lo que no confesamos, tiene un peso que no cargamos solos aunque lo creamos así.
Buscá la voz de Dios antes de entrar. No después de perder.
"Si es posible, y en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos."
Romanos 12:18 · NVIMe acuerdo de lo que decía mi santa madre, que en paz descanse: hasta un átomo tiene su sombra. O sea, por más pequeño que seas, si andás buscando pelea, algún día te van a encontrar. Y el sabio, dice Proverbios, ve el peligro y se esconde. El necio se para enfrente y lo atropella. No es cobardía. Es inteligencia. La serpiente, que es el animal que la Biblia usa para hablar de astucia, no se queda a pelear con la comadreja porque sabe que su veneno no le hace nada. Serpentea y se va. Pero si viene el elefante, no se mueve. Sabe cuándo es su batalla.
"Y el Señor le contestó: ―¡Levántate! ¿Qué haces allí postrado? Los israelitas han pecado y han violado el pacto que concerté con ellos. Se han apropiado del botín de guerra que debía ser destruido y lo han escondido entre sus posesiones. Por eso los israelitas no podrán hacerles frente a sus enemigos, sino que tendrán que huir de sus adversarios. Ellos mismos acarrearon su destrucción. Y, si no destruyen ese botín que está en medio de ustedes, yo no seguiré a su lado."
Josué 7:10–12 · NVIAntes de entrar hoy a cualquier conflicto, hacete esta pregunta: ¿Dios me llamó a pelear esto, o lo estoy peleando yo por mi cuenta? Puede ser un conflicto en el trabajo, una discusión familiar, una decisión de negocios. Frená un segundo. No todo lo que se puede pelear se debe pelear. Y si hay algo que tenés guardado, oculto, sin tratar, hoy es un buen día para sacarlo a la luz delante de Dios.
La victoria de Jericó no fue de Josué. La derrota de Jaí no fue casualidad. Dios está en los dos lados de la ecuación. Buscá su dirección antes, no durante el desastre.
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