Día 4
Día 4 de 7 9 de julio

La fe que no cambia nada no es fe

Mirá, te voy a ser honesto. Conozco gente que hace veinte años va a la iglesia. Veinte años. Y te juro que en veinte años la única cosa que cambió es el peinado. Siguen igual de amargados, igual de chismosos, igual de egoístas que el primer día. Y cuando les preguntás, dicen: "Soy cristiano." Bueno, hermano, ¿y eso qué cambió?

Yo recuerdo a un pariente mío de cuando era chico, tenía diez o doce años. Un hermano de la iglesia le dio un folleto y le leyó: "Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo." Y él dijo: "Creo." Y le devolvió el folleto. Listo. Ya soy salvo. Pero nunca tuvo una vida cambiada. Era adúltero. No se congregaba. No le interesaba la Biblia. Después de muchos años se acercó al Señor de verdad, gracias a Dios. Pero el punto es ese: creer no es decir que sí con la boca.

¿Y sabés qué es lo peor? Que hoy hay una industria entera construida sobre eso. Apelamos a la emoción, ponemos música larga, luces, todo el estímulo posible, y la gente sale del culto sintiéndose salvada. Y va a la semana siguiente a hacer exactamente lo mismo que hacía antes. Porque la emoción pasa. La transformación, no.

La Biblia dice en Hechos 3:19: "Arrepentíos y convertíos para que sean borrados vuestros pecados." Arrepentirse no es llorar en el culto. Arrepentirse es cambiar de dirección. Y Efesios 2:8-9 dice que somos salvos por gracia mediante la fe, no por obras, para que nadie se gloríe. Perfecto. Pero una fe genuina produce fruto. El que robaba no roba más. El que adulteraba no adultera más. No porque sea perfecta la persona, sino porque es otra criatura. La Biblia dice: nueva criatura. No un chancho bañado que al ratito vuelve al barro. Una especie diferente. Un tigre no pasta con las ovejas porque su naturaleza no le da. Una vaca no acecha a una gacela. Son naturalezas distintas. Eso es lo que Dios hace cuando genuinamente te transforma.

"Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe. Esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios y no por obras, para que nadie se jacte."

Efesios 2:8–9 · NVI

Vi un reel esta semana que compartió un pastor en un chat que tenemos, y el predicador preguntaba a alguien: "¿Hace cuánto vas a la iglesia?" "Veinte años." "¿Y tu carácter cambió?" Silencio. Veinte años yendo al culto y seguía siendo verbalmente agresivo, seguía siendo avaro, seguía siendo amargado.

Y yo me puse a pensar, te lo juro, no en vos. Me puse a pensar en mí. Porque a mí me confrontó eso. Yo quiero ser manso. Lo anhelo de verdad. Pero hay días que me frustro, que me salgo de quicio, que hago exactamente lo que Pablo describía: el mal que no quiero hacer, eso hago. Y el bien que quiero hacer, no lo hago. O sea, el problema no es que no lo intente. Es que mi naturaleza sola no alcanza. Necesito la transformación que solo Dios puede hacer. "Cúrame de mí mismo, Señor", así le pido. Literalmente eso.

II Versículo

"Ahora pues, arrepiéntanse de sus pecados y vuelvan a Dios para que sus pecados sean borrados."

Hechos 3:19 · NTV
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¿Qué hacés con esto?

Hoy no te estoy pidiendo que te flageles ni que hagas una lista de todos tus pecados. Te estoy pidiendo una sola pregunta honesta: ¿qué cambió en vos desde que dijiste que creíste? No tiene que ser perfección. Nadie es perfecto. Pero tiene que haber algo. Una pelea que ya no peleás. Un hábito que soltaste. Una relación que sanaste. Si no hay nada, no te rindas: pedile a Dios que haga lo que vos no podés. "Transfórmame, Señor." Esa oración corta es de las más valientes que existen.

La gracia te salva. La fe genuina te transforma. Las dos van juntas, no se separan. Y si hoy sentís que tu fe todavía no movió nada en vos, ese es el mejor momento para pedirle a Dios que empiece a moverse.

Emilio
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