Día 5
Día 5 de 7 4 de septiembre

Muchos quieren la gloria, pero no la historia

Una vez un judío anciano, León Smukler se llamaba, ya falleció, me dijo algo que no me olvidé más. Me dijo: «Si tenés un amigo exitoso, andá y comprá una camisa y regalale, y decile que estás con él, y pasale la mano, porque por lo menos el perfume se te va a quedar.» Yo tenía como veintipico de años y eso me cayó distinto. Porque lo que él me estaba diciendo, en el fondo, era esto: acercate al que logró algo en lugar de mirarlo con envidia desde lejos.

Hay una frase que escuché muchas veces y que me sigue resonando: muchos quieren mi gloria, pero no mi historia. Y es cierto. Es tan cierto que duele un poco cuando lo aplicás a tu propia vida.

Vos mirás a alguien que logró algo y lo primero que aparece, si no estás atento, es la pregunta equivocada. No «¿cómo llegó?», sino «¿por qué él y no yo?». Y esa pregunta, hermano, no te lleva a ningún lado bueno. Esa pregunta te pone del lado de los diez espías, no del lado de Josué.

Escuchame bien lo que te voy a decir. Josué no llegó a Canaán de casualidad. No fue que un día Dios agarró la guía de teléfonos, cerró los ojos, apuntó con el dedo y salió Josué. No. Josué estuvo cuarenta años al lado de Moisés. Cuarenta. Haciendo lo que había que hacer, en el desierto, sin aplausos, sin nombre en el cartel, sin que nadie le dijera «este es el próximo líder». Simplemente fiel. Simplemente obediente. Simplemente ahí.

Y cuando llegó el momento, Dios dijo: vos. Porque el proceso ya estaba hecho. La gloria que todos vieron en el capítulo 1 de Josué era la historia de cuarenta años que nadie vio.

— Pero pastor, yo estoy haciendo todo bien y nadie me ve.

— Perfecto. Seguí. Dios sí te ve. Y eso es lo único que importa en este tramo del camino.

Ahora te pregunto algo en serio, sin que te pique, sin que te ofenda. ¿Estás dispuesto a tener historia para tener gloria? ¿O estás buscando el atajo? Porque los atajos en lo espiritual no existen. Los muros de Jericó cayeron después de siete días de marcha. Siete días. No cayeron porque alguien tuvo una idea brillante. Cayeron porque el pueblo hizo lo que Dios dijo, aunque se veía ridículo, aunque los vecinos miraban desde arriba de la muralla y seguro se reían.

Le pregunté una vez a un tipo que admiro cómo había llegado donde estaba. Y en lugar de darme una lista de hábitos y estrategias, me dijo una sola cosa: «Emilio, yo fallé más veces de las que vos te imaginás. La diferencia es que no me quedé tirado.» Eso fue todo. Nada de fórmula, nada de método. Solo eso: no me quedé tirado. Y me acuerdo que me fui a mi casa pensando que yo buscaba el secreto del éxito y el secreto era no rendirse cuando nadie te aplaude. Qué cosa tan simple y tan difícil al mismo tiempo.

II Versículo

"Ya te lo he ordenado: ¡sé fuerte y valiente! ¡No tengas miedo ni te desanimes! Porque el Señor tu Dios te acompañará dondequiera que vayas»."

Josué 1:9 · NVI
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¿Qué hacés con esto?

Hoy, antes de que empiece el fin de semana y el ruido tape todo, hacé una sola cosa. Pensá en algo que estás haciendo en silencio, sin reconocimiento, sin que nadie lo vea. Puede ser algo en tu familia, en tu trabajo, en tu vida espiritual. Y en lugar de quejarte porque nadie lo nota, decile a Dios: esto lo estoy haciendo para vos. Punto. Eso es historia. Eso es lo que un día va a ser gloria. Nosotros tendemos a valorar lo visible, pero Dios trabaja mucho en lo invisible. Confiá en ese proceso aunque ahora no veas nada.

Muchos quieren la gloria sin la historia. Pero la historia es donde se forma el carácter, y el carácter es lo que sostiene la gloria cuando llega. No apures el proceso. Dios sabe lo que está haciendo con vos.

Emilio
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