Día 3
Día 3 de 7 5 de agosto

Cambiá el punto de mira

El problema seguía estando ahí. Los tres ejércitos no desaparecieron cuando Josafat terminó de orar. Siguieron avanzando. El ejército de Judá seguía siendo insuficiente. Las circunstancias no cambiaron. Pero algo sí cambió: adónde estaban mirando. Y eso lo cambió todo.

Hay una palabra en esa oración de Josafat que me parece de las más poderosas de toda la historia. Una palabrita chiquita, cuatro letras. 'Pero.' No tenemos fuerza. No sabemos qué hacer. Pero a ti volvemos nuestros ojos.

Ese 'pero' no niega el problema. No dice 'en realidad no es tan grave'. No dice 'todo va a estar bien automáticamente'. Dice: el problema existe, lo veo, lo reconozco, y aun así elijo mirar a otro lado. Elijo decidir quién va a tener la última palabra en esta situación.

Eso es el lenguaje de la fe. No negar la realidad, sino decidir quién la gobierna.

El temor mira los ejércitos. Mira el diagnóstico. Mira el saldo de la cuenta. Mira lo que dijo el médico, lo que hizo el hijo, lo que cerró sin aviso. El temor mira todo eso y se paraliza, porque la multitud es grande de verdad. No está fingiendo que es grande, es grande.

Pero la fe no cierra los ojos ante la multitud. La fe los mueve. Los corre de la multitud y los pone en Dios. Y en ese movimiento, algo cambia en el interior. No siempre cambia afuera de entrada, ojo. Pero adentro, algo se acomoda. Un corazón lleno de miedo no escucha la voz de Dios. Y Dios sabe eso. Por eso lo primero que hace cuando responde es alentar: 'No teman. No se amedrentén. Porque la batalla no es de ustedes, sino de Dios.'

"Levanto la vista hacia las montañas; ¿viene de allí mi ayuda? ¡Mi ayuda viene del Señor, quien hizo el cielo y la tierra!"

Salmos 121:1–2 · NTV

Dice la Palabra del Señor que cuando el profeta Elías estaba escondido en la cueva, Dios le dijo que saliera. No le habló adentro de la cueva. Le dijo: salí. Y yo creo que la cueva de Elías era su miedo. Había huido de Jezabel, estaba agotado, decía que quería morirse. Y Dios, en vez de aparecerse en el medio del trueno o del fuego, le habló en una voz delicada. Pero primero le pidió que saliera. Porque mientras Elías estaba adentro de su miedo, no podía escuchar. El miedo cierra los oídos. La fe los abre. Y la fe empieza con un movimiento: salir de la cueva.

II Versículo

"Y dijo Jahaziel: «Escuchen, habitantes de Judá y de Jerusalén, y escuche también usted, rey Josafat. Así dice el Señor: “No tengan miedo ni se acobarden cuando vean ese gran ejército, porque la batalla no es de ustedes, sino mía."

2 Crónicas 20:15 · NVI
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¿Qué hacés con esto?

Esta mañana, antes de que el día te llene la cabeza de problemas, hacé este ejercicio deliberado: nombrá en voz alta lo que te preocupa. No lo entiendas con el buche. Nombralo. Y después decí en voz alta: 'Señor, mis ojos están en ti.' No es magia. Es un entrenamiento. Estás re-dirigiendo el punto de mira. Lo vas a tener que hacer varias veces en el día, probablemente. Cada vez que el miedo te jale la vista hacia el problema, volvé a moverla. Es un músculo. Se ejercita.

No te pido que ignores lo que estás viviendo. Te pido lo mismo que hizo Josafat: que en medio de lo que estás viviendo, levantes los ojos. El problema no tiene la última palabra. Dios sí. Y él ya sabe lo que estás enfrentando.

Emilio
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