Conocé en quién creés
Hay una diferencia enorme entre saber el nombre de alguien y conocerlo de verdad. Podés saber que Cristo resucitó, repetirlo cada domingo, cantarlo, y aun así vivir como si eso no cambiara nada. Eso era exactamente el problema de los corintios. Y sospecho que a veces también es el tuyo.
La iglesia de Corinto era impresionante en lo externo. Dones de profecía, lenguas, sanidad. Un espectáculo. Y sin embargo era un desastre moral, doctrinal, relacional. ¿Cómo puede ser eso?
O sea, no es tan raro si lo pensás bien. Cuando no tenés un fundamento sólido en quién es Cristo, lo que construís arriba de eso se tambalea con cualquier viento. Podés tener mucho movimiento espiritual y poca raíz. Podés tener mucha emoción y poca convicción.
El problema de fondo de Corinto era uno solo: no conocían realmente a Cristo. Creían en la resurrección de él, sí, pero no en la de ellos. Y Pablo viene y les dice: si Cristo resucitó, vos también vas a resucitar. Si eso es verdad, todo cambia. Tu manera de relacionarte, de servir, de sufrir, de perdonar. Todo.
Porque la dirección de tu vida no depende de las circunstancias que te rodean. Depende de la firmeza del fundamento que te sostiene.
Ahora, el que tiene toda su esperanza depositada en esta vida, ese sí va a tener problemas. Porque esta vida defrauda. Las personas fallan, los proyectos se caen, el dinero se va. Pero el que sabe en quién creyó, ese puede tener incertidumbre, puede tener miedo, puede tener una semana horrible, y aun así no cae. Porque está parado sobre algo que no se mueve.
Me tocó hace un tiempo ministrar a un pastor. Un hombre que predicaba la palabra, tenía una congregación, imponía manos. Vino a mi casa y me dijo que había caído en adulterio y quería restaurar su matrimonio. Le escuché. Invertí tiempo. Y a medida que hablábamos me fui dando cuenta de que el tipo no había caído. Había vivido una vida disoluta durante años, siendo pastor.
En un momento le dije: 'Mira, tu estilo de vida me hace pensar que vos no sos salvo.' Se ofendió. Me dijo: '¿Me juzgás a mí porque caí en adulterio?' Le dije: 'No porque caíste. Vos no caíste. Vos vivías en adulterio. Eso no es caer, eso es una práctica.' Y ahí estaba el problema. Él comparaba un problema de carácter con una práctica pecaminosa sostenida en el tiempo. No conocía la diferencia porque no conocía la Palabra. Y si no conocés la Palabra, terminás justificando cualquier cosa con la gracia de Dios.
"Por lo tanto, mis queridos hermanos, manténganse firmes e inconmovibles, progresando siempre en la obra del Señor, conscientes de que su trabajo en el Señor no es en vano."
1 Corintios 15:58 · NVIHoy te pido que te hagas una pregunta honesta: ¿En qué o en quién está puesto tu fundamento real? No el que decís el domingo. El que se ve cuando las cosas se complican. Si la respuesta te incomoda, bien. Eso es el Espíritu Santo trabajando. No huyás de esa incomodidad. Sentate con ella. Abrí tu Biblia, por favor, en 1 Corintios 15, y leé desde el versículo 12 hasta el 58. Leelo despacio. Que la pregunta de Pablo te golpee: si Cristo no resucitó, ¿en qué estás parado? Y si sí resucitó, entonces todo lo que hacés tiene peso eterno. Tu trabajo, tu familia, tu servicio. Nada se pierde.
El problema nunca fue la circunstancia. El problema fue siempre la base. Hoy podés decidir volver al fundamento. No como emoción, como convicción. Saber en quién creés lo cambia todo.
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