Día 3
Día 3 de 7 23 de septiembre

La constancia no es para los buenos momentos

La constancia se ve bonita cuando todo va bien. Cuando el trabajo fluye, la familia está entera, la fe tiene temperatura. Pero la verdadera prueba de si estás parado sobre algo sólido es lo que hacés cuando nada de eso está presente. Cuando estás agotado, ignorado, y con ganas de soltar todo.

Pablo usa dos palabras en ese versículo que vale la pena mirar de cerca. 'Firmes y constantes.' En griego, firmes es hedraios: estructura con cimientos profundos. Como un edificio bien asentado que no se tambalea cuando sopla el viento. Y constante es la capacidad de mantener el ritmo. No servir a Dios cuando estás entusiasmado y todos te felicitan, sino mantener la disciplina de fe, oración, Palabra y servicio, aún cuando el panorama sea gris.

O sea, la constancia no es una emoción. Es una decisión que se toma todos los días, especialmente los días que no tenés ganas.

Ahora, esta sociedad tiene miedo de sufrir. Más miedo de sufrir que de pecar, te lo digo en serio. La relación no está bien: cortá, a otra cosa. El hijo tiene un diagnóstico difícil: hay opciones. El matrimonio tiene temporadas duras: no vale la pena sufrir. Y el Señor nos llama a algo completamente distinto. Nos llama a la longanimidad. La capacidad de permanecer firme en medio de la adversidad.

¿Por qué? Porque no hay manera de sacar lo mejor de vos sin pasar por el fuego. El sufrimiento tiene sabiduría adentro. Y esta cultura trivial y podrida no lo quiere escuchar. Prefiere el atajo. Prefiere la anestesia. Prefiere no sufrir aunque eso signifique no crecer nunca.

El enemigo te susurra exactamente en ese punto de cansancio: 'Nadie nota tu esfuerzo. Estás perdiendo el tiempo. Dejá de servir, total a nadie le importa.' Y si no tenés los cimientos bien puestos, ese susurro te convence.

"Por eso, desde el día en que lo supimos, no hemos dejado de orar por ustedes. Pedimos que Dios les haga conocer plenamente su voluntad con toda sabiduría y comprensión espiritual, para que vivan de manera digna del Señor, agradándole en todo. Esto implica dar fruto en toda buena obra, crecer en el conocimiento de Dios"

Colosenses 1:9–10 · NVI

Hace un tiempo fui a visitar a un hermano enfermo. Voy cada quince días, lo llamo por WhatsApp. Un día le pregunté de frente: '¿Te vino a visitar alguien de los muchachos?' Me dijo: 'La verdad que no, pastor.' Y el tipo había servido años en esa iglesia. Había dado, había estado, había abierto puertas, había limpiado baños. Y ahí estaba, enfermo y solo en esa habitación.

Le dije: 'Tiene razón en que no está bien que no vengan. Pero escuchame una cosa. No te va a recompensar la gente. Todo lo que vos serviste, cada vez que abriste esa puerta, cada vez que pusiste tu tiempo, cada vez que limpiaste ese baño, es Dios quien te va a recompensar. No yo, no los muchachos. Él.' Y vi algo moverse en sus ojos. Porque en el fondo él sabía que había servido para el Señor. Pero necesitaba que alguien se lo dijera de frente.

II Versículo

"Por lo tanto, mis queridos hermanos, manténganse firmes e inconmovibles, progresando siempre en la obra del Señor, conscientes de que su trabajo en el Señor no es en vano."

1 Corintios 15:58 · NVI
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¿Qué hacés con esto?

Hoy te pregunto algo concreto: ¿En qué área de tu vida estás tentado a soltar porque no estás viendo resultados? El ministerio, el matrimonio, la crianza, el trabajo honesto, la oración en secreto. No te pido que resuelvas todo hoy. Te pido que hagas una sola cosa: seguí. Un día más. No porque lo sentís, sino porque sabés en quién creés y sabés que nada de lo que hacés para Dios se pierde. Servimos a un Dios que ve en secreto y recompensa en público. Cada centavo ofrendado con amor, cada vez que perdonaste aunque dolía, cada vez que te quedaste cuando querías irte: está registrado. No en la memoria de la gente. En algo que no se borra.

No hay jubilación espiritual. Cuando tengas noventa años en una silla de ruedas, podés orar. Y eso es poderoso. Tu trabajo en el Señor no es en vano. Nunca. Seguí.

Emilio
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