Día 3
Día 3 de 7 22 de julio

El dolor que forma no es el dolor que destruye

Jacob peleó con Dios una noche entera. Y salió herido. Con una cojera que lo acompañó el resto de su vida. Y la Biblia dice que esa fue su bendición. Que rengueando aprendió a caminar como príncipe con Dios. Cuando lo leés por primera vez, uno dice, qué cosa tan rara. Pero cuanto más tiempo llevás caminando con el Señor, más sentido le va encontrando.

Hay heridas que Dios permite con propósito. No porque sea un Dios sádico. Sino porque Él sabe lo que hay que destruir en vos para que lo que Él formó pueda crecer.

Proverbios 17:3 dice que el crisol prueba la plata y el horno prueba el oro, pero el Señor prueba el corazón de todos sus hijos. El fuego no destruye la plata. Hace salir la escoria. Lo que sale en el horno no es lo que le da valor al metal. Es lo que le quita valor. Y cuando eso sale, el quilate sube.

Ahora, escuchame: Dios te va a probar. No es quizás, tal vez, puede ser. Te va a probar. Y no lo hace porque necesite conocer tu corazón —Él ya lo conoce— sino para evidenciar delante de tus propios ojos qué hay adentro. Para que vos puedas ver lo que Él ya vio. Para que tengás una conciencia profunda de tu necesidad de Él.

Job perdió todo en un día. Siete hijos, toda su economía, su salud, la estabilidad de su matrimonio. Y en el capítulo 19, agotado, con sus amigos encima juzgándolo, dice algo que me impresiona: «Dios me ha derribado y me ha envuelto en su red.» No está culpando a sus amigos. No está maldiciendo a sus enemigos. Está apuntando a Dios. Y eso, en la boca de un hombre que perdió todo, es una declaración de fe brutal. Él entendió que lo que estaba pasando venía de la mano de Dios, aunque no entendiera el para qué.

Isaías 53 habla del mayor herido de la historia. Despreciado, desechado, varón de dolores, experimentado en quebranto. Si hubo alguien que llevó su herida con dignidad y con propósito eterno fue Jesucristo. Y Él nos enseñó que las heridas no siempre tienen la intención de destruirnos. Tienen la intención de destruir en nosotros lo que es una amenaza para nosotros mismos.

"Pero él fue traspasado por nuestras rebeliones y aplastado por nuestros pecados. Fue golpeado para que nosotros estuviéramos en paz; fue azotado para que pudiéramos ser sanados."

Isaías 53:5 · NTV

Pensá en José. Sus propios hermanos lo vendieron. Lo tiraron. Le dijeron a su padre que había muerto. Y años después, cuando José se revela ante ellos en Egipto, sus hermanos tiemblan de miedo. Porque pensaron que con los años él habría endurecido su corazón en amargura. Y José los mira y les dice: «No teman. Es que Dios los usó a ustedes para que yo esté hoy acá.» ¿Quién puede decir eso? Alguien que fue procesado muy profundo. Alguien que no peleó contra el brazo de Dios mientras lo estaban traicionando. Y yo te pregunto, ¿quién usó Dios en tu vida —aunque te haya dolido— para que hoy estés donde estás?

II Versículo

"En el crisol se prueba la plata y en el horno se prueba el oro, pero los corazones los prueba el Señor."

Proverbios 17:3 · NVI
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¿Qué hacés con esto?

Hoy quiero que identifiques una herida que todavía llevás. No para revivir el dolor. Sino para hacerte esta pregunta en serio: ¿qué formó eso en mí que no hubiera formado de otra manera? A veces la respuesta no llega de inmediato. Pero hacerse la pregunta ya es un acto de fe. Es decirle a Dios: «Creo que sabés lo que hacés, aunque yo todavía no lo vea.» Si podés, escribilo. Una sola línea. Lo que esa herida te enseñó que de otra manera no habrías aprendido.

Job dice: «Él hace la llaga y Él la vendará. Él hiere y sus manos curan.» El mismo que permite la prueba es el mismo que sana. No son dos dioses distintos. Es el mismo Padre. Y ese Padre sabe exactamente hasta dónde llegar.

Emilio
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