Día 4
Día 4 de 7 23 de julio

Pedile a Dios el don de disfrutar lo que ya tenés

Llegaste al shopping con tus hijos. Comieron rico, compraste cosas, fue una tarde linda. Llegás a casa y el chico ya te está reclamando algo. Vos te das vuelta y le decís: «¿En serio? ¿Acabamos de llegar y ya?» Y después, cuando te calmas, te cae la ficha de que vos hacés exactamente lo mismo con Dios. Llegás a la casa viva, con luz, con agua caliente —que en invierno, qué rico, no sé si me explico—, y lo primero que hacés es quejarte porque el perro no comió o porque los chicos no se bañaron. Ese soy yo también, ojo. No estoy mirando para otro lado.

Eclesiastés 3 dice algo que uno lo lee rápido y lo pasa, pero que en realidad es una instrucción práctica bastante seria: «He conocido que no hay para ellos cosa mejor que alegrarse y hacer el bien en su vida.» Y más adelante: «Es don de Dios que todo hombre coma, beba y goce el bien de toda su labor.»

Esperá. ¿Don de Dios es disfrutar lo que tenés? Sí. No es algo que te sale solo. No es automático. Es un don que se pide, que se cultiva, que tiene que ver con el carácter. Tiene que ver con los frutos del Espíritu. Amor, gozo, paz. El gozo no es un estado de ánimo que te cae del cielo cuando todo sale bien. Es una decisión de fe que se ejerce aunque no todo salga bien.

Y mirá en qué generación vivimos. Nacimos con accesibilidad, con seguridad, con facilidades. Crédito, cuotas, delivery, todo ya. Y cuanto más fácil tenemos todo, más ingrato se vuelve el corazón. Porque el corazón humano sin procesar se acostumbra rápido a lo bueno y lo convierte en ordinario. El agua caliente es ordinaria. El auto es ordinario. La cama abrigada es ordinaria. Y cuando todo es ordinario, nada es un regalo.

Por eso la Biblia no te dice «animate», te dice «pedilo». Pedile a Dios que te dé esa sencillez. Ese corazón de niño que sabe hacer fiesta en el camino, antes de llegar al destino. ¿Viste un micro escolar que va de excursión? Los chicos todavía no llegaron a ningún lado y ya están celebrando en el asiento. Nosotros, los hijos de Dios, todavía no llegamos a nuestra morada celestial, y hay que aprender a hacer fiesta en el camino.

Yo venía de un viaje y les traía una cajita de Lego a mis hijos —ellos amaban los Legos, los dos— y los podía ver horas y horas ahí, concentrados, felices, sin que nadie los pudiera mover de ahí. Y yo mirándolos pensaba, qué lindo, valió la pena el regalo. Pero al mismo tiempo me confrontaba, porque yo decía: «¿Cuántas veces Dios me da algo así y yo no reacciono como mis hijos reaccionan?» Ya me parece normal. Ya me parece que me lo merezco. Y en ese «ya me parece normal» está el principio de la ingratitud. Que es más o menos como el principio de todo lo demás que sale mal en el corazón.

II Versículo

"Yo sé que nada hay mejor para el hombre que alegrarse y hacer el bien mientras viva; y sé también que es un don de Dios que el hombre coma o beba y disfrute de todos sus afanes."

Eclesiastés 3:12–13 · NVI
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¿Qué hacés con esto?

Hoy, en serio, hacé esta oración cortita antes de empezar el día: «Señor, dame el don de disfrutar lo que ya me diste.» Eso es todo. No hace falta más. Y después fijate qué pasa con tu mirada durante el día. No te prometo que de repente todo sea color de rosa. Pero sí te digo que cuando empezás a pedirle a Dios que te abra los ojos para ver lo que ya hay, el día cambia de forma. Nosotros necesitamos ese ajuste de lente regularmente. Porque la queja vuelve sola. El agradecimiento hay que entrenarlo.

El don de disfrutar no es un lujo espiritual para gente avanzada. Es algo que Dios quiere darte hoy, con la vida que ya tenés, no con la que todavía esperás. Pedílo. Él lo da.

Emilio
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