Día 2
Día 2 de 7 16 de junio

El ego no te avisa que está mandando

Una vez dije desde el púlpito que fui tres meses humilde. En serio. Y se rió un pastor amigo mío cuando se lo conté, pero es verdad. Tres meses fui humilde, hasta que me sentí orgulloso de ser humilde, y ahí se acabó la humildad. El ego tiene esa capacidad: se disfraza. Se arrodilla con vos en la Santa Cena. Es lo primero que te habla a la mañana y lo último que te dice a la noche. Y nunca te avisa que está ahí.

Hay una definición de Lutero que enseño seguido porque es brillante: el pecado es la capacidad que tenemos de encorvarnos hacia nosotros mismos. No es un acto puntual. Es una postura. Es ponerte a vos en el trono y que todo lo demás, tu familia, tus relaciones, tus decisiones, tu fe, gire alrededor de lo que vos querés, cómo lo querés y cuándo lo querés.

Y esto tiene un nombre en la Biblia: egolatría. Adoración del yo. No hace falta ser una mala persona para practicarla. Hace falta ser humano. Porque arrancamos así. Un nene de cuatro años con cuatro pelotas no le da ni una al que está llorando al lado. Ahí ya está. Y cuando crecemos, cambiamos de juguete. Los juguetes son más caros, más complicados, pero el mecanismo es el mismo.

Ahora, Pablo en 2 Timoteo 3 dice que una de las marcas distintivas de los últimos tiempos va a ser que los hombres serán «amadores de sí mismos». Egolatría pura. Yo soy el arquitecto de mi propio destino. Yo hago lo que quiero. Nadie determina mis gustos, ni mis padres, ni las autoridades, ni nadie. Y eso no suena a maldad, ¿verdad? Suena a libertad. Suena a autenticidad. Suena a lo que te celebran en las redes todos los días.

Pero fijate lo que dice Jesús sobre amar. Cuando dice «amarás al Señor tu Dios», usa la palabra griega ágape, agapao. Y esa palabra no significa sentimiento cálido. Significa renuncia. Yo renuncio a lo mío para buscar el bien del otro. Eso es amor ágape. Y si somos honestos, eso casi nadie lo practica de verdad. Porque el ego siempre tiene un argumento. Siempre tiene una razón por la que tu caso es la excepción.

"He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí."

Gálatas 2:20 · NVI

Todos los pecados, si los mirás de cerca, tienen el mismo centro: la autosatisfacción. La deshonestidad económica, la estafa, es querer satisfacerme a cualquier precio aunque el otro quede destruido. El adulterio es querer satisfacer mi placer aunque pierda mi familia, mi nombre, mi libertad. Y ahí es donde el egoísmo muestra su verdadera cara. No le importa tu reputación. No le importa tu salud. No le importa la gente que más te ama. Con tal de hacer lo que quiere, el ego es capaz de perjudicar exactamente a quien más te quiere. Eso no es libertad. Eso es una maldad enorme.

II Versículo

"Ahora bien, ten en cuenta que en los últimos días vendrán tiempos difíciles. La gente estará llena de egoísmo y avaricia; serán jactanciosos, arrogantes, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos,"

2 Timoteo 3:1–2 · NVI
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¿Qué hacés con esto?

Hoy, cuando te sorprendas pensando «¿y a mí quién me cuida?», «¿y mis necesidades?», «yo siempre doy y nadie me da», pausá. No porque esas preguntas sean malas. Son humanas. Pero preguntate si en ese momento es tu ego el que está hablando o una necesidad legítima. El ego se mete en ambas conversaciones y se disfraza muy bien. La diferencia está en si la respuesta que buscás te lleva hacia Dios y los demás, o te cierra cada vez más sobre vos mismo.

El ego nunca te va a decir «me arrepentí, te libero». Nunca. No esperes ese día porque no llega. Lo que sí podés hacer es reconocerlo cuando aparece, nombrarlo, y elegir otra cosa. Eso se llama crucificar la carne. Y se hace de a momentos, no de una sola vez.

Emilio
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1 comentario

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Noemi Prieto 17/06/2026

Me ayudaron las definiciones y aplicaciones!! Gracias!!?

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