Tu ego también se arrodilla con vos
Una vez dije en serio, no lo inventé para el sermón, que fui tres meses humilde. Tres meses. Oraba, servía, me callaba cuando quería hablar, dejaba pasar ofensas. Genuino. Hasta que un día me di cuenta de que me sentía orgulloso de ser tan humilde. Y ahí se terminó la humildad. Un pastor amigo mío se rió cuando se lo conté. «¿Verdad que cuesta?», me dijo. «Sí», le dije, «cuesta muchísimo.» Pero lo gracioso, si se le puede llamar gracioso, es que el ego no se fue en ese momento. Estaba arrodillado conmigo todo ese tiempo. Orando conmigo. Tomando la Santa Cena. Es lo primero que te habla a la mañana y lo último que te dice a la noche.
O sea, el ego no es ese personaje villano obvio que se presenta con música de fondo y cara de malo. No. El ego es sofisticado. Se disfraza de humildad, de discernimiento, de celo por la verdad. «Yo solo digo lo que la Biblia dice.» Ego. «Yo no necesito estar en una iglesia para relacionarme con Dios.» Ego. «Mi pastor no está a mi nivel doctrinal.» Ego. Siempre tiene una razón que suena bien. Siempre.
Y el problema es que cuando el ego manda disfrazado, es más difícil de detectar que cuando manda abiertamente. Al menos el tipo que dice «yo hago lo que quiero» es honesto. El que dice «yo busco la voluntad de Dios» pero en realidad busca la validación de los demás, ese es más complicado.
Ahora, Pablo en Gálatas 2:20 dijo algo que parece un chiste filosófico hasta que lo pensás en serio: «Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí.» Espera. ¿Quién escribió eso? Pablo. O sea, Pablo está diciendo que el que escribe ya no existe, pero sí existe porque está escribiendo. Y lo que está diciendo en realidad es esto: el yo que antes mandaba, el yo que era el centro de todo, ese murió. El que vive ahora tiene otro eje. Ya no gira alrededor de sí mismo.
Eso es lo que cambia. No el carácter, no la personalidad, no los gustos. El eje. Lo que está en el centro.
El hombre que me contó lo del viaje de capacitación no me lo contó en un culto ni con cara de mártir. Me lo dijo casi de costado, como quien cuenta algo que ya pasó y quedó atrás. Me dijo: «Pastor, me salió una capacitación en el exterior, paga por la empresa. En ese viaje iba a ir una mujer con quien yo ya había tenido una relación siendo casado. Y le dije a mi jefe: no voy.» Perdió la capacitación, perdió plata, perdió probablemente un ascenso. Y no le contó a nadie para que le aplaudieran. No salió en el diario de la iglesia. En su corazón tomó una decisión y se quedó callado. Eso es matar el ego. Sin público, sin medalla, sin que nadie te lo reconozca. Ahí es donde se ve si el ego murió de verdad o si solo aprendió a esconderse mejor.
"He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí."
Gálatas 2:20 · NVI¿Qué hacés con esto? Hoy, antes de que se te vaya el día, preguntate una sola cosa: ¿qué decisión tomé esta semana donde nadie me vio, nadie me aplaudió, y nadie se va a enterar? Si no encontrás ninguna, no es que sos mala persona. Es que el ego todavía está manejando desde el asiento del conductor y vos creés que manejás vos. Esta semana buscá una. Una sola. Algo que dejes pasar, algo que no digas, algo que no reclamés aunque tengas razón. Sin contárselo a nadie. Ni siquiera para contarlo después como ejemplo de humildad. Eso último es trampa, lo sabemos.
El ego se arrodilla con vos. Comulga con vos. Canta con vos. La pregunta no es si lo tenés, la pregunta es si lo estás detectando. Porque el día que empezás a verlo, ya empezó a perder terreno.
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