El fruto que el mundo no puede copiar.
Cualquiera puede ser honesto. Cualquiera puede ser solidario. Pero hay frutos que son literalmente imposibles sin Cristo. Y hoy vamos a hablar de esos.
Bueno, viernes. Llegaste. Y yo sé que la semana pegó fuerte en algún punto. Tal vez en el laburo, tal vez en casa, tal vez en alguna conversación que quedó colgada y no sabés bien cómo resolverla. Y en medio de todo eso, hoy quiero que te quedes con algo concreto.
Esta semana estuvimos en Juan 15, la parábola de la vid y los pámpanos. Y hay una distinción que es clave y que a veces pasamos por alto: no todos los frutos que da una persona vienen de estar en Cristo. Una persona sin fe puede ser generosa. Puede ser honesta. Puede tener convicciones morales fuertes. Eso es real, no lo neguemos.
Pero hay frutos que son imposibles de fabricar sin la vid. Y esos son los que Jesús describe. La paz que no depende de lo que está pasando afuera. El amor que perdona al que te hizo daño de verdad, no al que te hizo una pavada. El gozo en medio de la adversidad, cuando todos los indicadores dicen que deberías estar hundido. Esos no los fabrica la voluntad humana. Esos solo fluyen cuando estás conectado.
Fijate esto. En Juan 15:11 Jesús dice: «Estas cosas os he hablado para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea cumplido.» No dijo «para que intenten tener gozo». No es X, sino Y. No es intentar fabricar paz, sino recibir la paz de él cuando estás en comunión con él. Te lo voy a demostrar: ¿cuántas veces intentaste calmarte solo, convencerte solo, animarte solo, y no funcionó? Y después, en el momento en que te arrodillaste y le hablaste a Dios, algo se movió. No fue tu esfuerzo. Fue la conexión.
"«Estas cosas os he hablado para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea cumplido.» — Juan 15:11"
«Estas cosas os he hablado para que mi gozo esté en vosotros 15:11 · NVIHabía un amigo que estaba con una tristeza enorme por su hijo enfermo. Una de esas tristezas que no te sale del pecho, que no se va con música ni con distracciones. Se arrodilló a orar, pero la tristeza seguía. Entonces oró más. Y cuando eso tampoco alcanzó, ayunó. A las pocas horas le dijo a su esposa: «Preparame algo rico, hoy vamos a disfrutar.» Su hijo seguía enfermo, nada había cambiado afuera. Pero él no tenía un gramo de tristeza. La mente lúcida, la paz adentro, la capacidad de tomar decisiones. No fue su fuerza de voluntad. Fue la vid.
"«La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo.» — Juan 14:27"
«La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mund 14:27 · NVI¿Qué hacés con esto? Hoy, antes de que termine el viernes, hacé una cosa sola: identificá dónde estás intentando fabricar paz o gozo con tus propias manos. El distraerte, el llenarte de planes para no pensar, el aguantar estoico. Y en cambio, abrí eso. Literalmente. Arrodillate si podés, o en el colectivo en silencio, o en el auto parado antes de arrancar, y decile a Dios: «No me sale solo. Necesito que vos me des lo que no puedo producir.» No tiene que ser una oración larga ni perfecta. Nosotros a veces complicamos lo que él dejó simple. La conexión produce el fruto. La conexión produce el fruto.
El mundo puede imitar muchas cosas. No puede imitar la paz de Dios en medio del desastre. No puede imitar el amor que perdona lo imperdonable. Esos frutos son la firma de Cristo en tu vida. Y están disponibles hoy. Conectate. Es así. Es así.
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