Orá más de lo que te quejás.
Nadie te tiene que convencer de orar cuando estás en el piso. El desafío real es orar cuando parece que todo está bien.
Sábado. Y lo que te voy a decir hoy es simple, directo y un poco incómodo. Bueno, ya nos conocemos, así que dale.
Hay una observación que es muy honesta: a poca gente hay que estimularle a orar cuando está pasando mal. Cuando el médico trae una noticia que te congela, cuando el matrimonio cruje, cuando el trabajo se cae, ahí todos oran. Nadie necesita que le convenzan. La desesperación te lleva a las rodillas sola.
El problema es el otro momento. Cuando estás bien. Cuando el trabajo va, la salud está, los chicos están tranquilos y vos sentís que tenés todo bajo control. Ahí es cuando aflojamos la comunión. Ahí es cuando empezamos a leer menos, a orar menos, a congregarnos con menos ganas. Y lo que no vemos es que justamente en ese momento, cuando todo parece calmo, el enemigo está buscando una brecha. No lo digo para asustarte. Lo digo porque es verdad y porque te queremos bien.
Dice la Palabra en Filipenses 4:6: «Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias.» Por nada. No dice «solo cuando estés en crisis». Por nada. El «por nada» incluye los martes normales, los sábados tranquilos, las semanas sin drama.
Ahora te pregunto algo. ¿Qué ocupa más espacio en tu cabeza hoy: los problemas que tenés o la gratitud por lo que está bien? ¿Cuánto tiempo le dedicaste esta semana a quejarte, aunque sea mentalmente, y cuánto a orar? No te pregunto para que te sientas mal. Te pregunto para que te des cuenta de dónde está realmente tu comunión.
George Müller, un predicador del siglo XIX, decidió vivir dependiendo únicamente de la oración. Tenía un orfanato, cientos de chicos a cargo, y nunca pedía dinero públicamente. Solo oraba. Anotó más de 50.000 oraciones respondidas a lo largo de su vida. Una vez, yendo en barco hacia Nueva York, había una niebla espesa en el Atlántico Norte. El capitán le dijo que no llegaban a tiempo. Müller bajó a orar. A los diez minutos lo llamó al puente: la niebla se había ido. Pero también contó que la oración que más tardó en responderse fue una que hizo cuando nacieron los hijos mellizos de un amigo. Sintió que Dios le pedía que orara por ellos toda la vida. Oró 50 años. A los 50 años, uno de los mellizos enfermó, recibió a Cristo en su lecho de muerte, y en el velorio, el otro hermano se arrodilló llorando y también creyó. Cincuenta años. Y Müller no dejó de orar ni un día. Eso es permanecer. Eso es permanecer.
"«Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.» — Filipenses 4:6-7"
«Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peti 4:6–7 · NVI¿Qué hacés con esto? Hoy es sábado. Muchos tienen el día más libre de la semana. Y justamente por eso es fácil llenarlo de todo menos de oración. Entonces hacemos algo concreto: antes de que empiece el ruido del día, antes del café incluso si podés, escribí tres cosas. Una petición que hace tiempo estás cargando. Una cosa por la que tenés que agradecer aunque te cueste verla. Y una persona por quien no estás orando pero que necesita que ores. Tres cosas. No es un culto, no es una liturgia. Es una conversación. Nosotros lo complicamos; él lo dejó simple. No dejés de orar. No dejés de orar.
Müller esperó 50 años una respuesta. Vos estás impaciente a los 50 días. Tranquilo, hermano. Orá hoy y confiá. La vid no se seca si la rama está conectada. Es así. Es así.
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