Empataste de inconverso a creyente. Eso no puede ser.
Hay una historia que el pastor cuenta en la prédica que es incómoda, pero hay que escucharla. Un tipo lleva años en la iglesia. De inconverso tuvo siete caídas graves. De creyente, otras siete. Empataron. Y el pastor le preguntó: "¿En qué momento te convertiste, hermano?" Buena pregunta. Muy buena pregunta.
Mirá, te voy a ser honesto, porque el jueves es día de hablar claro y sin tanto adorno.
Hay una trampa cómoda en la que caemos, y somos, hermano, todos los que llevamos un tiempo en esto. La trampa es esta: confundimos asistencia con transformación. Confundimos las formas con el fondo. Ponemos el pescadito en el auto. La remera con el versículo. Sabemos de memoria Efesios 2:8-9. Levantamos las manos en el culto. Y después salimos al estacionamiento y nos comemos al de adelante porque tardó tres segundos en arrancar.
No es un chiste. Es lo que pasa. Y nos pasa a todos en alguna medida, empezando por mí.
Ahora, la pregunta que trae ese hombre de la historia no es una pregunta para él solo. Es para cada uno de nosotros: si comparo mi vida de antes con mi vida de ahora, ¿en qué cambié? ¿Hay algo diferente? ¿O simplemente cambié el vocabulario, aprendí a decir "Dios mediante" y "si el Señor quiere", pero por dentro soy el mismo de siempre?
El pastor dice algo que duele y a la vez libera: la conversión no es que te enseñen a comportarte mejor. Es que cambias de especie. No es educación religiosa. Es nueva criatura. Y la nueva criatura no necesita que la estimulen para vivir diferente. Le fluye, como a la oveja que come pasto no porque la obliguen, sino porque eso es lo que es.
Entonces, ¿cuál es tu chequeo de hoy? No el de hace diez años cuando "te convertiste". El de hoy. ¿Quién sos hoy? ¿Qué estás haciendo con la fe que decís tener?
Y acá viene algo que también hay que decirlo: esto no es para angustiarse. No es para vivir con terror espiritual analizando cada acción para ver si "seguís salvo". Eso tampoco. Eso es otro extremo que no funciona. El punto es la coherencia. El punto es que si realmente hubo algo real en tu corazón, se nota. No perfecto. Pero se nota.
""Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma.""
Santiago 2:17 · NVIEl pastor lo cuenta así, y tiene gracia y tiene golpe al mismo tiempo: este hombre, años de creyente, siete caídas de inconverso, siete de creyente. Y el pastor le dice: "Hermano, al menos una menos. Seis. No la misma cosa." Hay algo de humor ahí, claro, pero también hay algo que pesa. Porque si no cambió nada, si el marcador quedó igual, hay que preguntarse en serio qué pasó. No para condenar. Para examinar. Porque el Señor no quiere fans, quiere hijos. Y los hijos se parecen al padre. Se nota.
""De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.""
2 Corintios 5:17 · NVIHoy el ejercicio es concreto y sin vuelta larga: tomá una cosa, una sola, en la que sabés que tu fe debería estar produciendo algo distinto y no está pasando. No diez cosas. Una. Y hablalo con Dios hoy. No como ritual, sino como conversación real. "Señor, acá en esto no cambié. No sé bien por qué. Ayudame." Eso es fe en acción. No es perfección. Es honestidad. Y Dios trabaja con gente honesta mucho más que con gente que aparenta tener todo resuelto.
Empataste de inconverso a creyente. Bueno, eso no puede quedarse así, hermano. No para condenarte. Para que te muevas. La gracia que te salvó es la misma gracia que te transforma. Pedila. Úsala. No la guardes en la vitrina.
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