Día 5
Día 5 de 7 15 de mayo

La fe sin fruto no es fe. Es decoración.

Mirá, hermano, te lo voy a decir directo porque es viernes y ya no hay tiempo para rodeos: hay gente que lleva diez, veinte años en la iglesia y su vida no cambió en absolutamente nada. Era chismosa, sigue siendo chismosa. Era violento, sigue siendo violento. Y en algún momento hay que preguntarse en serio: ¿qué está pasando ahí?

Esta semana estuvimos hablando de gracia, de fe, de obras, de prueba. Y todo eso está muy bien en la cabeza. Pero Santiago no escribe para la cabeza. Santiago escribe para la vida. Para el lunes a las ocho de la mañana. Para el miércoles cuando te peleaste con tu compañero de trabajo. Para el viernes cuando llegás a casa cansado y explotás por cualquier cosa.

Santiago dice algo que duele y a la vez es liberador: la fe sin obras está muerta. No está enferma. No está de vacaciones. Está muerta. Como un cuerpo sin espíritu. Y vos no podés hacer nada con un cuerpo sin espíritu excepto enterrarlo.

Ahora, escuchá bien, gente, porque acá hay una diferencia enorme que no podemos perder. No es que las obras te salvan. Ya quedó clarísimo desde el lunes. La salvación es por gracia, por fe, es un regalo, punto cerrado. Lo que dice Santiago es otra cosa. Dice que si la fe es genuina, produce. Sí o sí. No porque vos te esforcés. Sino porque eso es lo que hace la vida. La vida produce.

Pensá en un árbol. Un manzano no produce manzanas porque le exijas que lo haga. Produce porque es un manzano. Es su naturaleza. Así también el creyente genuino no hace el bien porque tiene miedo al infierno o porque quiere ganarse puntos. Lo hace porque cambió de especie. Porque adentro hay algo nuevo. Porque la oveja come pasto no porque la obliguen, le fluye, es lo que es.

Y acá viene la pregunta incómoda del viernes. ¿Qué está fluyendo de vos? ¿Qué produce tu vida? No te pido perfección, gente, eso nadie lo tiene, empezando por mí. Pero sí te pregunto si hay algo diferente. Si hay algo que la gente a tu alrededor puede ver y decir: "este tipo es otra cosa, esta mujer es otra cosa." Eso es lo que Santiago quiere. Eso es lo que Jesús quiere. Una fe viva que se note.

"Así que, por sus frutos los conoceréis."

Mateo 7:20 · NVI

El pastor cuenta la historia de un hombre que llegó a la iglesia con su mujer después de una crisis de infidelidad. Siete caídas de inconverso. Empezaron a ir al culto, levantaban las manos, cantaban, tenían el pescadito en el auto. Y pasaron los años. Y cayó de vuelta. Y otra vez. Y otra. Hasta que sumaron: siete caídas de creyente. Empataron. El pastor lo miró y le preguntó: "¿En qué momento te convertiste, hermano?" No era una pregunta para avergonzarlo. Era la pregunta más honesta y más urgente que alguien le podía hacer. Porque si el marcador de tu vida espiritual empató con el de tu vida sin Cristo, algo no ocurrió adentro. Y eso no se resuelve con más cultos. Se resuelve con honestidad delante de Dios.

II Versículo

"Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma."

Santiago 2:17 · NVI
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¿Qué hacés con esto?

¿Qué hacés con esto? Primero, no te condenes. Esto no es para que te vayas a tu casa aplastado. Es para que te muevas. Hacé un chequeo honesto hoy, viernes, antes de que arranque el fin de semana. Pensá en una sola área de tu vida: ¿hay algo que cambió desde que decís seguir a Cristo? Una sola cosa. El trato con tu familia, la manera en que hablás de los otros, cómo manejás la bronca, cómo usás tu plata. Una sola área. Y si no encontrás nada, no te quedes ahí. Llevalo a Dios. Decile: "Señor, no sé si esto en mí es real. Mostrámelo. Trabajá en mí." Esa oración honesta vale más que diez años de asistencia perfecta al culto. Es así. Es así.

La fe sin fruto no es fe, hermano. Es decoración. Y la decoración no salva a nadie. Pero la buena noticia es que si hay algo real adentro tuyo, Dios lo va a hacer crecer. No lo frenés. No lo tapes. Dejalo fluir.

Emilio
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