Día 6
Día 6 de 7 25 de abril

La voz que no oís porque hay demasiado ruido

Sabés lo que me dijo un tipo hace poco, un tipo que no es creyente, con toda la naturalidad del mundo: "Yo a la noche no puedo estar en silencio. Me pongo ansioso." Y yo le dije: "Sí, yo te entiendo." Y era verdad, le entendía. Porque nosotros, los que sí creemos, tampoco podemos estar en silencio. Ponemos música cristiana, ponemos un podcast de predicación, ponemos algo. Silencio real, de verdad, ninguno.

El Salmo 23 dice que el pastor lleva a la oveja junto a "aguas de reposo". En hebreo eso es literalmente aguas quietas, aguas que no hacen ruido. No es una catarata, no es un río con corriente. Es un lugar donde se puede oír algo distinto al propio corazón acelerado.

Y acá viene la pregunta incómoda: ¿cuándo fue la última vez que estuviste en silencio real con Dios? Nada de culto, nada de lista de pedidos, nada de fondo musical. Silencio. Porque el mundo grita y Dios susurra. El mundo te dice "apúrate", Dios te dice "esperá un ratito". El mundo te exige cumplir metas, Dios te pide que caminés en propósito, que es muy distinto.

Esta semana en la prédica pasó algo que me quedó dando vueltas. Se habló de los primeros cristianos, los de las catacumbas de Roma. Los que eran perseguidos, apedreados, tirados al coliseo. Gente que tenía razones de sobra para vivir en pánico. Y los epitafios que dejaron eran casi todos iguales: "Christus in pace". En Cristo, en paz. En medio de todo eso. No después de que se acabó la persecución. En medio.

Ahora, ¿cómo hacían? No tenían celular, no tenían redes sociales. Pero tampoco tenían todas las herramientas de comodidad que tenemos nosotros, y vivían con una paz que hoy la mayoría no conoce. La diferencia no era la circunstancia. Era la rendición. Ellos sabían que el pastor controlaba el camino aunque no lo pudieran ver. Y por eso podían estar en paz en el lugar más oscuro del mundo.

Mirá, yo soy un desastre sin Cristo, te lo digo en serio. Soy impulsivo, no paro de pensar, las 11 de la noche, las 12, la 1. A veces sueño el problema. Así que no te hablo desde un lugar de superioridad espiritual. Te hablo desde el mismo lugar tuyo. Pero aprendí, de a poquito, que cuando paro de verdad y me meto en la palabra sin otro objetivo que escuchar, algo se reacomoda adentro. No siempre viene una respuesta. Pero viene una paz que no sé explicar bien de dónde sale.

"Y tras el terremoto un fuego; pero Jehová no estaba en el fuego. Y tras el fuego una voz apacible y delicada."

1 Reyes 19:12 · NVI

Me contaron de un hermano que vivía con una ansiedad brutal. Buen tipo, trabajador, cristiano de años. Pero no paraba. Aun en vacaciones llevaba el trabajo. Aun en el culto estaba pensando en el lunes. Un día su médico le dijo, seco: "Emilio" —bueno, no se llamaba Emilio, pero dale— "Andá a descansar. No a vacacionar. A descansar." Y él no sabía la diferencia. Vacaciones era cambiar de lugar con los mismos problemas adentro. Descanso era soltar. Cinco días solo, con libros, sin agenda, sin reuniones. Y me dijo: "Hermano, en ese silencio escuché a Dios como no lo había escuchado en años." No porque Dios había estado callado. Sino porque él por fin había bajado el volumen de todo lo demás.

II Versículo

"Estad quietos y conoced que yo soy Dios."

Salmo 46:10 · NVI
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¿Qué hacés con esto?

Este sábado, hacé una sola cosa diferente. Buscate quince minutos, los que sean, sin música de fondo, sin podcast, sin nada. Abrí el Salmo 23 y leelo despacio, en voz alta si podés. Una sola vez. Y después quedate quieto. No con lista de pedidos. Solo quieto. Si el silencio te pone ansioso, perfecto: eso es exactamente lo que necesitás trabajar. El que no puede estar quieto delante de Dios todavía no aprendió a confiar del todo. Y eso lo trabajamos juntos, de a poquito.

Las aguas quietas no son un premio para cuando ya resolviste todo. Son el lugar donde el pastor te lleva precisamente cuando todo está revuelto. Dejate llevar ahí. Que hoy, aunque sea un ratito, el silencio sea tuyo.

Emilio
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