Clamá, no actuás
Hay una diferencia enorme entre orar y clamar, y la mayoría de nosotros —hablo de mí también— pasamos años orando sin nunca haber clamado de verdad. "Gracias, Padre, por el día de hoy. Bendecí a mi familia. Amén." Bien dicho, bonito, prolijo. Y Dios lo recibe. Pero clamar es otra cosa. Clamar es cuando ya no te quedan más recursos propios y lo único que te sale es gritar hacia arriba.
El salmista no dice "recé". Dice "clamé". Desde lo profundo, clamé. Hay una urgencia ahí que no se puede disimular. Y Spurgeon, que sufrió gota, depresiones, noches larguísimas, escribió algo que no se te va a olvidar: "La oración nunca es más real y aceptable que cuando nos hallamos en los peores lugares". No lo dijo desde un sillón cómodo. Lo dijo desde adentro.
Ahora, ¿por qué cuesta clamar? Porque clamar implica admitir que no podés solo. Y nosotros somos una generación entrenada para poder sola. El mundo te dice: resolé, conseguí, armátelas. Y entonces llegamos a Dios con una lista de pedidos pero con muy poca desesperación real. Llegamos con el formulario lleno, pero sin el corazón roto.
Jeremías 33:3 dice: "Clama a mí y yo te responderé y te mostraré cosas grandes y ocultas que tú no conoces". Fijate lo que promete: cosas grandes y ocultas. No dice "cosas que ya podías imaginar". Dice ocultas. O sea, Dios tiene preparado para vos algo que ni siquiera sabés pedir. Pero la condición es clamar, no apenas mencionar.
Y acá viene algo que me parece importante decirte. Clamar al hombre —al amigo, al familiar, al que sea— es siempre una apuesta arriesgada. A veces no te responde. A veces te falla. A veces te usa. Clamar al hombre son meras expresiones de impotencia. Pero clamar a Dios es dependencia y fe que Dios honra. Son dos cosas completamente distintas.
"Pues el ángel del Señor es un guardián; rodea y defiende a todos los que le temen."
Salmos 34:7 · NTVMe acuerdo de una vez que mamá llegó a casa completamente desesperada. Una vecina había enterrado algo en el jardín —no sé bien qué cosa, no me preguntes— y alguien le había dicho que era un trabajito para que le pasara algo a la familia. Mamá llegó temblando. "Emilio, me hicieron un payé", me dijo. Y nos fuimos los dos a ver al pastor.
Llegamos, mamá le contó todo con lujo de detalles, y el pastor la miró con una calma que a mí en ese momento me parecía casi sospechosa. Y empezó a orar. Pero oró por la vecina. La bendijo. Pidió misericordia para ella. Y yo pensé: este hombre está completamente equivocado. ¿Cómo le orás por la que hizo el mal?
Amen, dijo. Se paró. Y mamá, todavía agitada, le preguntó: "¿Y por mí, pastor?". "Ya oré por vos, hija", le dijo. "El que necesitaba oración era el otro".
Ahí entendí algo que no se me fue más. Ninguna maldición me toca si estoy en Cristo. Ninguna. No hace falta gritar, no hace falta hacer guerra espiritual de película. Dice la Palabra que ángeles acampan alrededor de los que le temen a Dios y los defienden. Con eso basta. Caminás en fe, en obediencia, y lo demás no tiene entrada.
"“Clama a mí y te responderé; te daré a conocer cosas grandes e inaccesibles que tú no sabes”."
Jeremías 33:3 · NVIEsta mañana, antes de arrancar el día, hacé una sola cosa: clamá de verdad. No el resumen de siempre. No la lista de pedidos. Parás, cerrás los ojos, y le decís a Dios exactamente dónde estás. Sin protocolo. Sin palabras prolijas. Si estás agotado, decile que estás agotado. Si tenés miedo, decile que tenés miedo. Si no sabés ni cómo empezar, decile eso también. Él no necesita que llegues con la presentación armada. Necesita que llegues.
El clamor no es falta de fe. Es la forma más honesta que tiene la fe de moverse. Y Dios, que oye desde el fondo del mar y desde el vientre de un pez, te escucha a vos también.
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