Día 7
Día 7 de 7 4 de octubre

Desde lo profundo hasta el amanecer

Esta semana arrancamos en lo profundo. El fondo del salmo, el fondo de la semana, el fondo de muchas cosas que quizás estabas cargando cuando llegaste el lunes. Y hoy, domingo, el salmo termina con una sola imagen: el centinela esperando que amanezca. Alguien que pasó toda la noche en guardia, solo, con frío, mirando la oscuridad —y lo único que lo sostiene es saber que el sol va a salir.

El Salmo 130 hace un recorrido que no es casualidad. Empieza en lo más bajo: "desde lo profundo". Y termina en lo más alto: "él redimirá a Israel de todos sus pecados". De la profundidad a la redención. De la oscuridad al amanecer. Ese es el arco completo.

Y esta semana nosotros hicimos ese mismo recorrido, un paso por día. El lunes aprendimos que podemos clamar desde donde estamos, sin esperar estar bien para orar. El martes vimos que esperar no es resignarse, es una espera activa con fe viva. El miércoles entendimos que el fondo tiene cimientos, que Dios no te hunde para destruirte sino para construirte más alto. El jueves te cayó encima algo incómodo: que Dios, al no darte todo lo que le pediste, te cuidó más de lo que imaginabas.

Y hoy todo eso se junta en una sola imagen. El centinela que anhela el amanecer. Dice el versículo 6: "Mi alma espera a Jehová más que los centinelas a la mañana". Si alguna vez hiciste guardia nocturna —en el ejército, en un hospital, en una sala de espera— sabés de qué habla eso. La noche se estira. El frío aprieta. El sueño pesa. Y lo único que te sostiene es saber que el sol viene. Que no puede no venir.

Bueno, Dios promete eso. No promete que la noche no va a durar. Promete que va a amanecer. Y dice la Palabra en Isaías 40:31 que los que esperan en Jehová tendrán nuevas fuerzas, volarán como águilas, correrán sin cansarse. Eso no es un eslogan. Es una promesa hecha a los que aguantaron la noche entera mirando la oscuridad sin soltar.

Ahora, ¿qué hacés con todo lo que viviste esta semana? Una sola cosa: no lo desperdicies. El sufrimiento que pasaste —o que estás pasando— tiene un peso eterno de gloria si lo vivís con los ojos en él. Si lo vivís clamando, esperando, confiando. Eso no lo entendés ahora. Lo vas a entender más adelante, cuando veas desde dónde te levantó.

"En cambio, los que confían en el Señor encontrarán nuevas fuerzas; volarán alto, como con alas de águila. Correrán y no se cansarán; caminarán y no desmayarán."

Isaías 40:31 · NTV

Me acordé de algo que pasó en el ejército, hace muchos años. Yo estaba de guardia nocturna. Una de esas noches largas, solas, con el frío clavándosete en los huesos. Y el sueño, hermano, el sueño era una batalla en serio. Me acuerdo que iba caminando para no quedarme dormido parado, así, de un lado al otro, y en algún momento —no sé cómo fue, no sé en qué lapso— me encontré en el suelo. Me había desmayado del sueño, digo yo. Pasó un capitán. Me miró. Yo abrí los ojos desde abajo mirándolo y pensé: esto termina mal para mí. Pero no pasó nada.

Lo que sí me quedó grabado es lo que sentí cuando empezó a aclarar el cielo. Ese gris que viene antes del sol, esa franja finita de luz en el horizonte. Era lo más lindo que había visto en mi vida en ese momento. No porque fuera especialmente bonito. Sino porque significaba que la noche había terminado.

Eso es lo que Dios le promete al que clama desde lo profundo. No que la noche no va a existir. Sino que va a terminar. Y cuando amanezca, vas a saber exactamente por qué valió la pena aguantar.

II Versículo

"Espero al Señor con toda el alma, más que los centinelas la mañana. Como esperan los centinelas la mañana, así tú, Israel, espera al Señor, porque en él hay amor inagotable; en él hay plena redención."

Salmos 130:6–7 · NVI
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¿Qué hacés con esto?

Antes de cerrar esta semana, hacé un solo movimiento: tomá todo lo que cargaste estos días —el cansancio, la espera, el miedo, lo que no entendés todavía— y ponetelo a Dios en las manos con una sola oración, sin protocolo. Nosotros tendemos a guardar todo eso adentro como si hubiera que resolverlo solos. No hay que resolverlo solo. Hay que soltarlo. Y empezar la semana que viene con las manos abiertas, no cerradas.

Clamaste desde lo profundo. Aprendiste a esperar sin amargarte. Entendiste que el fondo tiene cimientos. Y descubriste que el no de Dios a veces es el mayor cuidado que recibiste. Eso no es poco. Eso es una semana bien vivida. El amanecer siempre viene para el que aguantó la noche clamando.

Emilio
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