Día 3
Día 3 de 7 30 de septiembre

El fondo tiene cimientos

¿Cuánto de profundidad necesita un edificio de sesenta pisos? Mucho más que uno de dos. Esa es la lógica de un ingeniero, y es la lógica de Dios. Mientras más alto te quiere levantar, más profundo tiene que ir primero. Y eso no lo elegís vos. Lo decide él.

Los salmos graduales —el 130 entre ellos— los recitaban los peregrinos cuando subían a Jerusalén para adorar en el templo. Iban cantando de a uno, en cada escalón, recordando su finitud, su pecado, sus limitaciones. No era depresión. Era sabiduría. Era que por una vez en el año alguien los obligaba a parar y decir: «Soy polvo. No soy eterno. Tengo que vivir distinto».

Y lo interesante es que este salmo, que empieza en lo más bajo —«desde lo profundo»— termina en lo más alto: «Él redimirá a Israel de todos sus pecados». Va de la profundidad a la redención. No se queda abajo. Pero tiene que empezar abajo.

Daniel en el foso. Los tres amigos de Daniel en el horno. José esclavo en Egipto. David en las cuevas, perseguido, durmiendo con una roca de almohada. Todos ellos pasaron por la profundidad primero. Y todos fueron levantados como gobernantes, profetas, reyes. Eso no es casualidad. Eso es un patrón de Dios.

Entonces, si hoy estás en la profundidad, te puedo decir esto: Dios no te está castigando. Te está cimentando. Y cuanto más profundo va el cimiento, más alto puede ir lo que se construye arriba. Eso no lo hace fácil. No hace que duela menos. Pero cambia el significado de lo que estás viviendo. Y el significado lo cambia todo.

Jonás clamó desde el vientre del pez. Dice Jonás 2:2: «Clamé en mi angustia a Jehová, y él me oyó; desde el seno del Seol clamé, y mi voz oíste». Desde lo más oscuro, desde lo más cerrado, desde donde menos esperarías que alguien te escuche. Ahí Dios oyó. Y ahí Jonás pudo hacer por fin lo que tenía que hacer.

"Así que dejen que crezca, pues una vez que su constancia se haya desarrollado plenamente, serán perfectos y completos, y no les faltará nada."

Santiago 1:4 · NTV

Un hermano que conozco estuvo internado varios meses. Enfermedad seria. Y me contó que lo que más le frustraba no era el dolor físico. Era mirar el teléfono y ver que la vida de todos seguía. Fulano viajó. La otra se casó. El otro consiguió trabajo. Y él estaba en cama, sin poder hacer nada. Me dijo: «Pastor, me sentía inútil». Y le dije: «No, no sos inútil. Estás en un terreno fértil. Dios te dio tiempo de oración que de otra manera nunca ibas a tomarte. Aprovechalo». Ese tiempo de quietud forzada fue donde más creció espiritualmente en años. No fue castigo. Fue cimiento.

II Versículo

"Y no solo en esto, sino también en nuestros sufrimientos, porque sabemos que el sufrimiento produce perseverancia; la perseverancia, entereza de carácter; la entereza de carácter, esperanza."

Romanos 5:3–4 · NVI
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¿Qué hacés con esto?

¿Qué hacés con esto? Agarrá lo que estás viviendo hoy —esa situación que querés que se termine ya— y hacete una pregunta honesta: ¿qué me está formando esto? No qué me está quitando, sino qué me está construyendo. Escribilo si podés. Carácter, dependencia, fe, humildad. Nombrar lo que Dios está haciendo en la profundidad no elimina el dolor, pero le da dirección.

El fondo no es tu destino. Es tu cimiento. Y Dios no te lleva a las profundidades para que te quedes ahí. Te lleva para poder levantarte más alto de lo que jamás te imaginaste.

Emilio
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