Día 6
Día 6 de 7 3 de octubre

El perdón que no te ganaste

A ver, te hago una pregunta y contestate en serio: ¿cuántas veces le pediste perdón a Dios por lo mismo? Una vez, bien. Dos veces, puede ser. ¿Diez veces por la misma cosa? ¿Veinte? Y en algún momento te empezó a parecer que ya no tenía sentido volver a pedir, que Dios ya estaba un poco cansado de escucharte, que el cupo se había llenado. Sí, sé que suena absurdo dicho así. Pero es lo que muchos sentimos igual.

El Salmo 130 tiene un versículo que para mí es el corazón de todo. Dice: "Si mirares a los pecados, ¿quién, oh Señor, podrá mantenerse? Pero en ti hay perdón, para que seas reverenciado". Dos versículos. Dos montañas.

El versículo 3 es el Sinaí: la ley, el juicio, la frialdad del espejo que te muestra quién sos. Si Dios midiera lo que merecemos con la precisión de un juez sin misericordia, ninguno de nosotros estaría en pie. Ninguno. El versículo 4 es el Calvario: la gracia, lo que no merecés, lo que se pagó por vos sin que vos pusieras un peso.

Ahora, ¿sabés lo que más me llama la atención de ese versículo 4? Dice "para que seas reverenciado". O sea, el perdón no existe para que vos hagas lo que se te antoja y después volvás a pedir. El perdón existe para que vos lo reverencies a él. Para que algo cambie adentro. No es un seguro contra consecuencias. Es una restauración de relación.

Y acá viene la diferencia que el mundo no entiende. El mundo dice: si pecás mucho, ya no hay vuelta. La religión dice: si pecás, merecés castigo. Pero la gracia dice algo completamente distinto: si pecás y clamás, hay perdón. No porque vos lo ganaste. Sino porque él decidió darlo. Eso se llama misericordia no merecida. Y es lo único que sostiene a cualquiera de nosotros en pie.

"«Este es el pacto que después de aquel tiempo haré con el pueblo de Israel», afirma el Señor. «Pondré mi Ley en su mente y la escribiré en su corazón. Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo."

Jeremías 31:33 · NVI

Una vez, tenía yo veinticinco años más o menos, un amigo —buen pibe, en serio, no era mala persona— me dio un consejo de vida. Me lo dijo así, convencido, como quien comparte sabiduría antigua. Me dijo: "Mirá, nunca le seas completamente fiel a tu esposa. Tenés que tener una extra por ahí, discreta, para cuando haya problemas en casa. La esposa cuida a tus hijos, la casa, todo bien. Pero vos necesitás tu válvula de escape. Y jamás lo admitas. Jamás".

Yo lo miré. No le dije nada en ese momento. Pero adentro pensé: este hombre sinceramente cree que eso es vivir bien. Y lo triste no es que lo dijera, lo triste es que lo creía. Era un hombre vacío buscando llenarse con lo que no llena.

Ahora, si yo hubiera seguido ese consejo y después hubiera ido a Dios pidiendo perdón, ¿me hubiera perdonado? Sí. ¿Eso significa que el consejo estaba bien? No. El perdón no es una hoja en blanco para seguir haciendo lo mismo. Es la puerta de entrada a una vida distinta. Eso es lo que cambia cuando entendés de verdad lo que costó ese perdón.

II Versículo

"Si tú, Señor, tomaras en cuenta los pecados, ¿quién, Señor, se mantendría en pie? Pero en ti se halla perdón y por eso debes ser temido."

Salmos 130:3–4 · NVI
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¿Qué hacés con esto?

Hoy es sábado. Antes de que arranque la semana que viene, tomá un momento —puede ser con un café, puede ser sentado en silencio— y preguntate: ¿hay algo que estoy cargando hace tiempo que todavía no suelté? No porque Dios no te perdonó. Sino porque vos no te dejaste perdonar. El perdón ya fue dado. Lo que falta a veces es recibirlo. Abrilo. Dejarlo entrar. Nosotros tenemos la costumbre rara de seguir cargando lo que ya fue pagado.

El verso 3 te muestra quién sos sin él. El verso 4 te muestra quién sos con él. Y la diferencia entre los dos versículos se llama gracia. No te la ganaste. Por eso es tan grande.

Emilio
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