Gracias por no darme todo lo que pedí
Yo tuve dos o tres novias antes de casarme —no voy a dar nombres, tampoco hace falta— y en su momento le pedí a Dios por cada una de ellas. Con toda seriedad. «Señor, que esta sea mi esposa». Con convicción. Con fe. Y Dios, con toda la paciencia del universo, dijo que no. Y hoy, mirando a mi familia, lo único que puedo decir es: gracias. Porque si Dios me hubiera dado todo lo que le pedí como yo se lo pedí, hoy sería un desastre.
El versículo 2 del Salmo 130 dice: «Señor, oye mi voz; estén atentos tus oídos a la voz de mi súplica». Y es un pedido hermoso. Pero hay algo que vale la pena pensar esta mañana: si Dios respondiera siempre todo lo que le pedimos, exactamente como lo pedimos, sería una maldición más que una bendición. Eso no lo digo yo. Lo dice la lógica de vivir un rato en este mundo.
Pensá en Adán. Cuando Dios le dice que le va a dar una ayuda idónea, Adán no tiene la menor idea de qué es una mujer. No vio nunca una. Lo único que conoce son los animales. Entonces, ¿qué iba a pedir? Dios no le preguntó. Le dijo «durmete, dejame cargo». Y cuando Adán abre los ojos y la ve, dice algo que en el original hebreo es prácticamente un poema de asombro. Dios hizo algo que Adán jamás hubiera pedido, porque ni sabía que existía.
Ahora, ¿eso significa que no importa lo que le pedimos a Dios? No, para nada. Dice la Escritura que el Espíritu intercede por nosotros con gemidos indecibles cuando no sabemos cómo pedir. O sea, hasta en nuestra ignorancia, tenemos ayuda. Pero la conclusión práctica es esta: con que Dios te escuche, con eso basta. No tenés que salir de la oración con la respuesta. Tenés que salir sabiendo que fuiste escuchado. Porque él algo va a hacer. Siempre algo hace.
Y hay otra cosa que me parece importante decir acá, porque a veces a la gente le entra el miedo de que sus problemas vengan de una maldición de alguien. El «payé», el «macumbero», «me hicieron algo». Mi mamá una vez llegó a casa aterrada porque una vecina había enterrado algo en el jardín. Y me la llevé a ver al pastor, que oró con una calma que a mí en ese momento me parecía sospechosa. Oró por la vecina. La bendijo. Y le dijo a mi mamá: «Ya está, hija». Y mamá dijo: «¿Y por mí, pastor?». «Por vos ya oré», le dijo. Ahí entendí algo: ninguna maldición te toca si estás en Cristo. Ninguna. No tenés que andar gritando, haciendo guerra espiritual de película. Caminás en obediencia y punto. «Ángeles acampan alrededor de los que le temen», dice la palabra.
"«Este es el pacto que después de aquel tiempo haré con el pueblo de Israel», afirma el Señor. «Pondré mi Ley en su mente y la escribiré en su corazón. Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo."
Jeremías 31:33 · NVIUn amigo mío, cuando yo tenía como 24 años, me dio el que él consideraba el consejo de vida más sabio que podía dar. Me dijo que nunca le fuera fiel a una sola mujer, que siempre tuviera una «extra» para cuando hubiera peleas en casa, y que jamás lo admitiera. Me lo explicó con la lógica de un contador. Ventajas, desventajas, cómo manejarlo. Y yo ahí sentado, escuchándolo, pensando que este hombre está convencido de que me está ayudando. Eso te muestra el nivel al que puede llegar la carnalidad cuando se viste de sabiduría. Y me di cuenta que la transformación que el Señor hace en vos no es solo de conducta: es de lo que te parece normal. Lo que a ese hombre le parecía inteligente, a mí me generaba incomodidad. Eso es la ley escrita en el corazón que menciona Jeremías.
"Así mismo, en nuestra debilidad el Espíritu acude a ayudarnos. No sabemos qué pedir, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras."
Romanos 8:26 · NVI¿Qué hacés con esto hoy? Hacé una lista mental —o escrita, si sos de los que escriben— de tres cosas que le pediste a Dios que no te dio. Y al lado de cada una, preguntate honestamente: ¿qué hubiera pasado si me lo daba? No siempre la respuesta va a ser obvia. Pero en alguna de las tres, si sos honesto, vas a ver la mano de Dios protegiéndote de vos mismo. Eso no es resignación. Es gratitud informada.
Dios no te ignora cuando no te da lo que pediste. A veces te cuida de la manera más incómoda posible: diciéndote que no. Y el día que lo veas con claridad, vas a querer agradecerle por eso.
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