Día 3
Día 3 de 7 12 de agosto

Creyó, y eso le fue contado por justicia

Versículo 6 de Génesis 15. Ocho palabras que cambian todo lo que pensamos sobre cómo nos relacionamos con Dios: «Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia». No hizo nada. No ofreció sacrificio en ese momento. No prometió nada. Creyó. Y eso alcanzó.

La justificación por fe es uno de los temas más mal entendidos de toda la Biblia, y también uno de los más importantes. Cuando le decís a alguien que uno se salva por fe, la reacción casi automática es: «Ah, qué fácil entonces. Creo nomás y listo». Y detrás de esa respuesta hay mucho más orgullo del que parece.

Porque si fuera tan fácil creer, ¿por qué no lo hacés? ¿Por qué interponés tu propia justicia entre la gracia de Dios y tu condición real? Porque para creer de verdad tenés que deponer el ego. Tenés que deponer tu sistema de méritos, tu lista de cosas buenas que hiciste, tu convicción de que si vas al cielo es porque te lo ganaste. Y eso, hermano, no es fácil. Eso duele.

Hoy nos bombardean con mensajes de que vos podés todo, que sos el arquitecto de tu destino, que si te lo proponés lo lográs. Escucho eso y está bien en algunos contextos. Pero cuando esa mentalidad entra en la teología, se vuelve veneno. Porque empezás a pensar que el cielo también lo lográs si te lo proponés. Que si sos suficientemente bueno, si hacés suficientes cosas correctas, si no sos tan malo comparado con el vecino, entonces Dios tiene que dejarte pasar.

La Biblia lo dice clarísimo en Efesios 2: «Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe». Nadie. Ni el pastor. Ni el misionero que dejó todo. Ni el que ayuna tres veces por semana. Nadie se gana el cielo. Nadie llega a la presencia de Dios diciendo «merezco estar acá».

Ahora, eso no significa que las obras no importan. Importan mucho. Pero no como moneda de cambio para la salvación. Las obras son la consecuencia de una fe genuina, no el requisito para obtenerla. Abraham lo demostró en el capítulo 22, cuando estuvo dispuesto a ofrecer a Isaac. Eso no lo salvó. Ya estaba salvo desde el capítulo 15. Pero demostró que lo que había en el capítulo 15 era real. La fe sin obras es muerta, dice Santiago, no porque las obras te salven, sino porque sin ellas la fe no tiene cuerpo, no se puede ver, no tiene peso.

"Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe. Esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios y no por obras, para que nadie se jacte."

Efesios 2:8–9 · NVI

"pero él me dijo: «Te basta con mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad». Por lo tanto, gustosamente presumiré más bien de mis debilidades, para que permanezca sobre mí el poder de Cristo."

2 Corintios 12:9 · NVI

Pablo lo vivió en carne propia. En 2 Corintios 12 dice algo que parece una locura: «Ciertamente no me conviene gloriarme». Y dice esto el hombre que fue arrebatado al tercer cielo. El que vio el paraíso. El que escribió la mitad del Nuevo Testamento. El que plantó iglesias por todo el mundo conocido. Y dice: no me conviene gloriarme. ¿Por qué? Porque todo lo que hizo, lo hizo por la gracia de Dios. «Trabajé más que todos ellos», dice, «pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo». Ese es el modelo. No la pasividad, no el «no tengo que hacer nada». Sino el trabajo intenso con la conciencia clara de que la fuerza viene de otro lado.

II Versículo

"Abram creyó al Señor y el Señor se lo reconoció como justicia."

Génesis 15:6 · NVI
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¿Qué hacés con esto?

Hoy te propongo algo concreto: revisá en qué área de tu vida todavía estás intentando ganarte algo con Dios. No me refiero solo a la salvación. Me refiero a esa negociación silenciosa donde pensás «si ayuno lo suficiente, si me porto bien esta semana, si doy lo que corresponde, entonces Dios me tiene que responder». Identificala. Y después soltala. No porque la disciplina sea mala, sino porque la actitud que hay detrás te roba la libertad que ya tenés en Cristo.

Abraham no hizo nada extraordinario en ese momento. Creyó. Y eso le fue contado por justicia. Lo que Dios te pide hoy no es tu récord de buenas acciones. Te pide que creas en él. Ese es el punto de partida de todo lo demás.

Emilio
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