Día 5
Día 5 de 7 14 de agosto

Gloriate en lo que te avergüenza

A ver, pregunta honesta. ¿De qué te jactás cuando querés quedar bien? De lo que lograste, de dónde llegaste, de lo que aguantaste. Nadie levanta la mano y dice «me jacto de mis miedos, de mis limitaciones, de lo que no pude». Nadie. Y ahí está Pablo diciéndote exactamente eso.

Segunda de Corintios 12. Pablo está en un lío pastoral. Los corintios le están cuestionando el apostolado. Le dicen, básicamente, «vos no estabas con Jesús, ¿quién te creés que sos?». Y Pablo, que podría haber sacado su currículum —Gamaliel, las revelaciones, el tercer cielo, los milagros— hace algo raro. Dice, «no me conviene gloriarme». Y después se gloria de sus debilidades.

Esperate. Un tipo que fue arrebatado al paraíso, que vio cosas que no tienen palabras humanas para ser expresadas, que escribió la mitad del Nuevo Testamento, y lo que elige mostrar es su fragilidad. ¿Por qué?

Porque entendió algo que nosotros tardamos años en aprender, si es que lo aprendemos. El poder de Dios no reemplaza tu debilidad: opera a través de ella. Dice él mismo: «mi poder se perfecciona en la debilidad». No en tu fuerza, no en tu capacidad, no en tu carisma. En tu debilidad.

Ahora, ojo, no estoy diciendo que la debilidad sea el objetivo. No es que tenés que ir por la vida quejándote de todo lo que no te funciona esperando que eso sea espiritualidad. No. Lo que Pablo descubrió es que cuando él era el recipiente más vacío de sí mismo, el poder de Cristo llenaba ese espacio con mayor libertad. Cuando él se creía el dueño de la función, estorbaba.

Y vos sabés de qué hablo. Hay momentos en tu vida en que estás tan bien parado, tan seguro, tan en control, que a Dios le cuesta entrar. Y hay otros momentos en que llegás a la oración sin nada para mostrar, sin argumentos, sin fuerzas, y ahí sí pasa algo. Ahí sí se mueve el cielo. No porque Dios prefiera verte mal, sino porque en ese estado dejás de competir con él por el protagonismo.

Me contaron de un pastor amigo, hombre de años en el ministerio, que perdió la voz por un problema en las cuerdas vocales. Meses sin poder predicar. Al principio fue un golpe enorme, porque él era predicador, eso era lo suyo, lo que Dios le había dado. Y en esos meses de silencio forzado, me dijo, «aprendí a escuchar de una manera que en 30 años de púlpito nunca aprendí». Cuando volvió a hablar, algo había cambiado. No en el volumen. En el peso. A veces Dios te saca lo que más usás para mostrarte lo que más necesitás.

II Versículo

"pero él me dijo: «Te basta con mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad». Por lo tanto, gustosamente presumiré más bien de mis debilidades, para que permanezca sobre mí el poder de Cristo."

2 Corintios 12:9 · NVI
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¿Qué hacés con esto?

Esta semana, en algún momento, vas a toparse con algo tuyo que no cierra. Un límite, una falla, algo que no podés resolver. La respuesta automática es esconderlo o darte maña para taparlo. La respuesta de fe es abrirte ahí, en ese punto exacto, y decirle a Dios: acá estoy, esto es lo que hay, trabajá vos. No te estoy pidiendo que te regodees en el problema. Te estoy diciendo que no le cierres la puerta a Dios justo donde más te necesita.

Pablo se glorió de sus debilidades y el poder de Cristo reposó sobre él. No es una fórmula. Es una lógica del reino que va en contra de todo lo que el mundo te enseña. Tu limitación no es el obstáculo. Puede ser exactamente la puerta.

Emilio
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