Día 6
Día 6 de 7 15 de agosto

Pediste tres veces y el cielo no se movió. Y estuvo bien.

Mirá, te voy a ser honesto. Hay versículos de la Biblia que, cuando los leés en un buen día, suenan hermosos. Y hay versículos que, cuando los leés en medio de un problema que no se resuelve, te dan ganas de cerrar el libro. «Bástate mi gracia» es uno de esos.

Pablo pidió tres veces. Tres periodos de oración, de ayuno, de clamor. No fue que se le ocurrió una tarde y lo pidió de paso. Fue insistente, fue serio, fue con fe. Y Dios le dijo que no. No «todavía no». No «esperá un poco más». Le dijo no, y le explicó por qué: porque ese aguijón estaba haciendo algo que la comodidad no hubiera hecho.

Ahora, ¿sabés cuál es la parte que más nos cuesta de esto? No es aceptar el «no». La parte más difícil es aceptar que el «no» puede ser una respuesta de amor. Porque hemos construido una teología donde si Dios te quiere bien, te quita los problemas. Y si los problemas siguen, algo está mal —con tu fe, con tu vida, con tu relación con Dios.

Y no. A veces algo está muy bien. A veces la presencia del aguijón es evidencia de que Dios te toma en serio. Dice Pablo que el aguijón era para que no se exaltara «sobre manera» con la grandeza de las revelaciones. O sea, Dios le estaba cuidando el alma. Le estaba poniendo un límite no como castigo sino como protección.

Ahora te pregunto algo, y tomátelo con calma: ¿qué hay en tu vida que pediste muchas veces y no llegó? ¿Cómo estás leyendo ese silencio? Porque la lectura importa. Si lo leés como abandono, te apagás. Si lo leés como que Dios está haciendo algo que vos todavía no podés ver, caminás. Las dos lecturas son posibles. Solo una es bíblica.

"Tres veces rogué al Señor que me la quitara; pero él me dijo: «Te basta con mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad». Por lo tanto, gustosamente presumiré más bien de mis debilidades, para que permanezca sobre mí el poder de Cristo."

2 Corintios 12:8–9 · NVI

Me contó mi mamá una vez —y esto me quedó— que cuando mi papá ya no estaba en sus cabales, ella oraba para que Dios lo sanara. Años orando. Y Dios no lo sanó. Y ella en algún momento me dijo, no con resignación sino con algo más profundo: «Aprendí cosas de Dios en esos años que no hubiese aprendido de otra manera». No me lo dijo para convencerse. Me lo dijo porque era verdad. Eso no hace que el dolor sea pequeño. Lo hace distinto. Y a veces «distinto» es lo único que Dios te puede dar en medio de algo que no tiene solución fácil.

II Versículo

"Para evitar que me volviera presumido por estas sublimes revelaciones, una espina me fue clavada en el cuerpo, es decir, un mensajero de Satanás, para que me atormentara."

2 Corintios 12:7 · NVI
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¿Qué hacés con esto?

Hoy, si podés, sentate un momento con eso que pediste y no llegó. No para resignarte ni para enojarte. Para preguntarle a Dios honestamente: «¿Qué estás haciendo acá?». A veces la respuesta viene. A veces no viene todavía. Pero la pregunta honesta ya es un acto de fe. Es decirle a Dios: «No entiendo, pero sigo creyendo que estás». Y eso, hermano, no es poco.

Pablo pedía sanidad y Dios le daba gracia suficiente para cargarlo. No siempre son la misma cosa. Y la gracia suficiente, aunque no la hayas pedido, puede ser exactamente lo que necesitás para seguir de pie hoy.

Emilio
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