Día 1
Día 1 de 7 10 de agosto

Dejá de mirar la promesa y mirá al Dios que la hizo

Veinticinco años esperando algo que Dios mismo te prometió. Veinticinco años y nada. ¿Seguirías creyendo? No te apures en responder, porque Abraham tampoco lo tuvo fácil. Y él es el padre de la fe, no un personaje de historieta.

Génesis 15 arranca así: Dios le habla a Abraham y le dice «no temas, yo soy tu escudo y tu galardón será sobremanera grande». Y lo primero que hace Abraham es reclamar. Le dice, Señor, ¿qué me vas a dar si no tengo hijo? Ya tengo a Eliezer, mi esclavo, que me va a heredar. No es una oración bonita. Es un hombre cansado, con la promesa vieja encima y sin resultados a la vista.

Ahora, fijate lo que hace Dios. No le reprocha nada. No le dice «Abraham, flojo de fe, ya te expliqué mil veces». No. Le responde. Le saca afuera de la carpa, le muestra el cielo y le dice: contá las estrellas si podés. Así va a ser tu descendencia.

Pero hay algo que nos perdemos si leemos rápido. Cuando Dios le dice «yo soy tu galardón», le está diciendo algo más profundo que «te voy a dar el hijo». Le está diciendo: Abraham, te estás enfocando demasiado en la promesa y muy poco en mí. El problema no era que Dios no iba a cumplir. El problema era dónde Abraham tenía puesta la mirada.

Y eso nos pasa a todos. Hay algo que querés, algo que Dios te prometió o que sentís que él puede darte, y toda tu energía espiritual gira alrededor de eso. La sanidad, el trabajo, la pareja, el hijo, la deuda que no cierra. Y empezás a medir tu fe por si llegó o no llegó. Empezás a medir a Dios por si cumplió o no cumplió. Y ahí es donde la fe se te empieza a romper por adentro, porque pusiste el peso en la promesa y no en el que promete.

Jesús lo dijo clarísimo: «Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas las demás cosas os serán añadidas». El amén fuerte siempre lo ponemos en «las demás cosas». Pero el énfasis está en buscarlo a él primero. Y David lo confirma en el Salmo 37: «Deléitate en Jehová, y él te concederá las peticiones de tu corazón». El énfasis no está en las peticiones. Está en deleitarte en él.

"Deléitate en el Señor, y él te concederá los deseos de tu corazón."

Salmos 37:4 · NTV

"Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, entonces todas estas cosas les serán añadidas."

Mateo 6:33 · NVI

Hace un tiempo, en un culto, un pastor amigo mandó un mensaje justo entre el primero y el segundo servicio. Estaba en el hospital con su hijo enfermo, veinte días internado. Y el mensaje decía: «Predicá la fe. Mucha gente te escucha. Falta fe». No pedía oración para él solo, ¿entendés? Pedía que la palabra llegara a otros. Ese hombre tenía la mirada puesta en algo más grande que su propia angustia. No estaba enfocado en cuándo iba a salir su hijo del hospital. Estaba enfocado en el Dios que sostiene también a los que están adentro del hospital.

II Versículo

"Después de esto, la palabra del Señor vino a Abram en una visión: «No tengas miedo, Abram. Yo soy tu escudo y muy grande será tu recompensa»."

Génesis 15:1 · NVI
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¿Qué hacés con esto?

Hoy, antes de presentarle a Dios tu lista de pedidos, hacé algo diferente. Pasá cinco minutos hablándole a él sin pedirle nada. No como técnica, no como fórmula mágica. Sino porque él es tu galardón, no solo el proveedor de lo que necesitás. Después de esos cinco minutos, sí, pedile todo lo que tenés en el corazón. Pero empezá por él. Eso es fe adulta, no fe infantil que solo exige y se enoja si no llega.

La promesa va a llegar. Pero si mientras tanto perdés la presencia de Dios, llegaste a destino vacío. Él es el galardón. Todo lo demás es añadidura.

Emilio
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