Dejá de remar solo y agarrate de él
Hay algo que me da gracia cuando leo el texto de Marcos 4, y es que estos muchachos eran pescadores profesionales. No era la primera vez que se subían a una barca. Tenían horas, días, años en el agua. Si había alguien que sabía qué hacer en medio de una tormenta en el mar, eran ellos. Y sin embargo, el texto dice que la barca «ya se anegaba». O sea, hicieron todo lo que sabían hacer, y no alcanzó. Ahí está el momento que todos conocemos pero nadie quiere admitir: cuando tus recursos, tu experiencia, tu esfuerzo, todo eso junto no es suficiente.
Mirá, hay algo que los autosuficientes —y acá me incluyo, eh, no te estoy hablando solo a vos— tardamos mucho en aprender. Y es que Dios a veces permite que la tormenta sea exactamente tan grande como para que tus capacidades no alcancen. No un poquito más chica para que te las puedas arreglar con un esfuercito extra. No. Exactamente del tamaño que te deja sin recursos.
¿Por qué? Porque si podés resolverlo solo, no lo vas a traer a él. Así somos. Cuando hay platita en el banco, oramos distinto que cuando no hay. Cuando el matrimonio va bien, hablamos con Dios de otra manera que cuando hay crisis. Somos muy honestos en la desesperación y muy olvidadizos en la bonanza.
El rey Josafat vivió algo parecido. En Crónicas hay una escena donde todos los ejércitos rodearon al pueblo hebreo, y él, que era rey, que tenía ejército, que tenía estrategas, dijo algo que yo quiero que te quede grabado: «No sabemos qué hacer, pero a ti volvemos nuestros ojos.» No «no sabemos qué hacer, entonces vamos a llamar a un consultor». No. «No sabemos qué hacer, y por eso te miramos a vos.» Eso es dependencia real. No la dependencia de los que no tienen opciones. La dependencia de los que eligen a Dios antes de agotar las opciones.
Pero seamos honestos. ¿Cuántas veces oramos, le entregamos el problema al Señor, terminamos la oración, y al segundo siguiente ya estamos en el teléfono llamando a todo el mundo, pensando, analizando, mandando mensajes, buscando salidas por todos lados? Entregamos la carga con la boca y nos la volvemos a poner en los hombros con las manos. Yo lo hago. Lo hacemos. Y lo único que logramos es agrandar la percepción del problema, porque cuanto más lo pensamos, más grande se vuelve.
"Dios nuestro, ¿acaso no vas a dictar sentencia contra ellos? Nosotros no podemos oponernos a esa gran multitud que viene a atacarnos. ¡No sabemos qué hacer! Pero en ti hemos puesto nuestra esperanza»."
2 Crónicas 20:12 · NVIMe contó una vez un hermano que había estado en una situación económica muy difícil. Empresa en crisis, deudas, no sabía cómo pagar el mes. Me dijo: «Pastor, yo oré. Le entregué todo a Dios. Y después me la pasé tres noches sin dormir haciendo planillas de Excel con posibles escenarios.» Le pregunté: «¿Y te ayudaron las planillas?» Me dijo: «No. Me ayudó cuando paré de hacer planillas y empecé a estar quieto.» No es que Dios le cerró los ojos a las deudas. Es que cuando dejó de remar solo, pudo escuchar. Y en ese silencio vino una idea, vino una llamada, vino algo que él no hubiera visto con la cabeza llena de ruido. Eso no lo inventé yo. Dice el Salmo 46: «Estad quietos y conoced que yo soy Dios.» Primero la quietud. Después el conocimiento.
"«Quédense quietos, reconozcan que yo soy Dios. ¡Seré exaltado entre las naciones! ¡Seré enaltecido en la tierra!»."
Salmos 46:10 · NVIEsta mañana, antes de abrir el teléfono, antes de revisar el problema, hacé una sola cosa: quedate quieto un momento. No una oración larga y elaborada. Solo quietud. Decile: «No sé qué hacer. Te miro a vos.» Y después, cuando sientas el impulso de agarrar el problema de nuevo y empezar a girar en la cabeza, volvé ahí. No a la planilla. A él. Nosotros tenemos el hábito de pensar que orar es el punto de partida y la vida práctica es donde realmente se resuelven las cosas. Dale vuelta eso. La dependencia real no es el último recurso. Es el primero.
Los discípulos remaron todo lo que pudieron y no alcanzó. Y cuando pararon de remar y lo despertaron, él paró la tormenta. Quizás hoy tu llamado no es remar más fuerte. Quizás es soltar los remos.
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