Él está durmiendo y vos te estás ahogando
Hay una escena en Marcos 4 que siempre me detiene. Los discípulos están desesperados, el agua entra en la barca, ellos sienten que se van a morir. Y miran para el costado. Y el Señor está durmiendo. Durmiendo. Sobre un cabezal, en la popa, tranquilo. Y ellos lo despiertan y le dicen: «Maestro, ¿no te das cuenta de que perecemos?» No es una pregunta educada. Es un reclamo. Es el grito de alguien que siente que Dios no lo está mirando.
¿Te pasó eso alguna vez? Estás en medio del problema, estás clamando, y el cielo parece cerrado. Como si hubiera un cartel que dice «volvé mañana». Como si Dios estuviera dormido y tus oraciones no llegaran a ningún lado. Esa sensación es real. No es falta de fe tenerla. Los discípulos la tuvieron, y ellos estaban con Jesús en persona, en la misma barca.
Pero hay algo que el texto te dice y que tenés que grabar bien: el Señor estaba ahí. No se había ido. No los había abandonado. Estaba en la barca con ellos. Solo que ellos no lo estaban experimentando. Hay una diferencia enorme entre que Dios no esté y que vos no lo estés sintiendo en ese momento.
El Salmo 121 lo dice seco: «No se dormirá el que te guarda.» Él no se duerme. Lo que Marcos 4 nos muestra con Jesús durmiendo no es indiferencia divina. Es paz soberana. Es la paz del que sabe que tiene el control incluso cuando el viento ruge. Y quiere que vos aprendas esa misma paz.
Ahora, ¿cómo conciliamos eso con lo que sentimos? Bueno, yo creo que el error más común que cometemos en la tormenta es este: oramos, le decimos al Señor «te dejo mis cargas», terminamos la oración, y al segundo siguiente ya estamos pensando, analizando, llamando a todo el mundo, mandando mensajes, buscando soluciones por todos lados. Entregamos la carga con la boca y nos la volvemos a poner en los hombros con las manos. Y en vez de sumergirnos más en la presencia del Señor, nos sumergimos más en la angustia del problema.
"Aun si voy por valles tenebrosos, no temeré ningún mal porque tú estás a mi lado; tu vara y tu bastón me reconfortan."
Salmos 23:4 · NVICuando mis hijos eran chicos, había cosas que les daban miedo. Y en esos momentos se pegaban a mí. Me abrazaban fuerte. Y ese miedo desaparecía, no porque el peligro hubiera desaparecido, sino porque estaban abrazados a algo que en su perspectiva era más grande que ellos. Eso es exactamente lo que el Señor quiere de nosotros en la tormenta. Que en vez de agrandar el problema mirándolo fijo, lo abraces a él. Que en vez de enfocarte en el tamaño de la ola, te enfoques en el tamaño del que gobierna el viento. Cuando empezás a ver los atributos del Dios que adorás, el miedo no desaparece de golpe, pero se achica. Porque lo estás comparando con algo infinitamente más grande.
"No permitirá que tu pie resbale; jamás duerme el que te cuida. Jamás duerme ni se adormece el que cuida de Israel."
Salmos 121:3–4 · NVIHoy, si estás en medio de algo difícil, hacé esto: en lugar de orar pidiendo que el problema desaparezca —aunque eso también está bien pedirlo— pedí conocer al Señor en medio del problema. «Señor, revelate en esto. Mostrándome quién sos mientras atravieso esto.» Esa oración cambia la relación con la tormenta. No la hace desaparecer, pero te ancla a algo más grande que ella.
Él no está dormido. Está en tu barca. Y si el viento y el mar le obedecen, tu problema también está dentro de su jurisdicción. Descansá en eso esta noche.
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