La tormenta no te avisó, pero Dios ya estaba ahí
Aquel día fue un día increíble para los discípulos. Habían escuchado al Señor enseñar la parábola del sembrador, la de la semilla de mostaza, la del crecimiento. Teología pura, revelación del reino. Yo me imagino que salieron de esa jornada como el estudiante que termina su primera clase de teología sistemática: emocionado, lleno, convencido. Y entonces el Señor les dijo algo muy sencillo: «Pasemos al otro lado.» Y subieron a la barca. Y vino la tormenta.
Marcos 4 no te deja romantizar la vida cristiana. El texto es claro: la barca se anegaba. No era una llovizna incómoda. Era agua adentro, era peligro real, era la sensación de que hasta ahí llegaban. Y eso me parece importante que lo sostengas esta mañana: las dificultades no son de algunos. No son el resultado de que alguien falló espiritualmente, de que alguien oró poco o creyó menos. El propio Señor les dijo que subiesen a esa barca. Ellos estaban haciendo exactamente lo que Dios les mandó. Y la tormenta vino igual.
O sea, mirá bien esto. Jonás también tuvo una tormenta, sí. Pero Jonás estaba huyendo de Dios. Los discípulos no. Los discípulos estaban en la voluntad de Dios, yendo a donde Dios dijo, haciendo lo que Dios mandó. Y la tormenta llegó sin pedir permiso, sin mandar un WhatsApp, sin aviso previo.
Y ahí viene la pregunta que muchos se hacen y que a veces uno mismo se hace: ¿se contradice eso con la bondad de Dios? Si Dios es bueno, si Dios me ama, ¿por qué me pasa esto? Desde una perspectiva bíblica, no hay contradicción. La bondad de Dios no se cancela por la tormenta. De hecho, en la tormenta es donde muchas veces la bondad de Dios se revela de una manera que en la calma nunca la hubieras visto. No hay arcoiris sin tormenta primero. Las estrellas brillan más en las noches más oscuras.
"Yo les he dicho estas cosas para que en mí hallen paz. En este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo."
Juan 16:33 · NVIJob era un hombre justo. No lo digo yo, lo dijo Dios. Dios mismo lo declaró: apartado del mal, íntegro, ejemplo en su generación. Y sin embargo, Job perdió todo. La riqueza, los diez hijos en un solo día, la salud. La suma de todos los miedos en muy poco tiempo. Y el libro entero de Job muestra que ese hombre se quejó. Treinta y cuatro veces reclamó. Dieciséis veces hizo la misma pregunta: ¿por qué, Dios mío? Dieciséis veces. Yo las conté, dice el texto, y me parece que eso es uno de los regalos más honestos de la Biblia: que un hombre declarado justo por Dios haya preguntado dieciséis veces lo mismo. Porque el dolor no discrimina. Porque la tormenta no mira tu historial espiritual antes de llegar.
"Se desató entonces una fuerte tormenta y las olas azotaban tanto la barca que ya comenzaba a inundarse. Mientras tanto, Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal, así que los discípulos lo despertaron. ―¡Maestro! —gritaron—. ¿No te importa que nos ahoguemos?"
Marcos 4:37–38 · NVIEsta semana, cuando llegue el problema —y si no llegó todavía, va a llegar, no te digo esto para asustarte, te lo digo para que no te agarre desprevenido— la primera pregunta no es «¿por qué a mí?». La primera pregunta es «¿quién está en esta barca conmigo?». Hacete ese hábito. Antes de llamar a todo el mundo, antes de ponerte a pensar en todas las salidas posibles, un momento de pausa: Señor, recordame que estás acá. Porque él está. No se fue. Está en la barca.
La tormenta no te avisó. Pero Dios ya estaba ahí antes de que llegara. Él no se sorprendió. Y si te dijo «pasemos al otro lado», hermano, van a llegar al otro lado.
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