Día 6
Día 6 de 7 29 de agosto

La tormenta te dice cosas de vos que la calma nunca te diría

Te cuento algo que me parece de las cosas más incómodas de todo este texto. Después que Jesús calma la tormenta, no los abraza y les dice «tranquilos, entiendo que fue difícil, bien hecho que me llamaron». No. Los mira y les pregunta: «¿Por qué estáis amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?» Los reprendió. Y la primera vez que lo leés, uno piensa: ¿en serio? ¿Los retó? ¿Acababan de casi ahogarse y los retó? Pero cuanto más lo pensás, más sentido tiene. Porque la tormenta no solo revela lo que Dios puede hacer. También revela lo que hay en nuestro corazón.

Job era un hombre justo. Dios mismo lo dijo. No algún pastor, no algún amigo bien intencionado. Dios lo declaró. Y en medio de todas sus pérdidas —los hijos, la riqueza, la salud— Job reclamó 34 veces. Yo los conté en algún momento, dice el texto. 34 veces. Y 16 de esas veces hizo la misma pregunta: ¿por qué, Dios mío? O sea, un hombre declarado justo por Dios, con años de caminar con él, y en la tormenta salió todo eso. La queja, la duda, la angustia, el reclamo. ¿Eso lo descalifica? No. Lo humaniza.

Pero fijate lo que le pasó después. Cuando Dios se le reveló en medio del torbellino, Job dijo algo impresionante: «De oídas te había oído, mas ahora mis ojos te ven.» Antes del sufrimiento, Job tenía teología. Después del sufrimiento, Job tenía experiencia. Y hay una diferencia enorme entre saber algo de Dios y haberlo encontrado en el peor momento de tu vida.

Y acá viene lo que tal vez no querés escuchar un sábado a la mañana, pero te lo digo igual porque es verdad: la tormenta saca cosas que estaban escondidas en tu corazón. Ciertos miedos que vos creías que ya no tenías. Ciertos amores que tenías bien guardados y que de repente, cuando la presión aprieta, aparecen. «Ah, mirá, resulta que esto lo amaba más de lo que pensaba.» La tormenta no miente. No te puede mentir. Te muestra de qué estás hecho en realidad, no de qué decís que estás hecho cuando todo va bien.

Y eso no es para aplastarte. Es para que puedas crecer. Porque no podés trabajar algo que no sabés que tenés. Dios no usa la tormenta para destruirte. La usa para mostrarte lo que él todavía quiere tratar en vos.

"pues ya saben que la prueba de su fe produce perseverancia. Y la perseverancia debe llevar a feliz término la obra, para que sean perfectos e íntegros sin que les falte nada."

Santiago 1:3–4 · NVI

Una vez estaba hablando con un hermano que llevaba años en la iglesia, predicaba, servía, estaba en todo. Y le vino una crisis económica seria. Y me dijo, casi avergonzado: «Pastor, yo pensé que tenía fe. Pero cuando llegó el problema de verdad, me di cuenta que confiaba en el dinero que tenía ahorrado. Cuando se fue el dinero, se fue la paz.» Me dijo: «No sabía eso de mí.» Y yo le dije: «Ahora lo sabés. Ahora podés hacer algo con eso.» La tormenta le mostró dónde estaba el ancla de verdad. No en Dios. En la cuenta bancaria. ¿Y sabés qué? A mí me pasó algo parecido en el ministerio. Tomé decisiones porque creía que era lo correcto, porque mi cabeza era rápida, resolutiva, y Dios se encargó de quebrar esos planes. Porque yo estaba actuando por mi impulso, no porque él me lo dijera. Eso dolió. Pero me mostró algo que yo no hubiera visto sin la tormenta.

II Versículo

"De oídas había oído hablar de ti, pero ahora te veo con mis propios ojos."

Job 42:5 · NVI
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¿Qué hacés con esto?

Hoy, en este sábado, te propongo algo sencillo pero honesto. Pensá en la tormenta que estás atravesando o que atravesaste. Y preguntate: ¿qué salió de mí en ese momento que normalmente no ves? No para condenarte. Para nombrarlo. Porque lo que nombrás, lo podés llevar a Dios. Lo que escondés, lo cargás solo. Nosotros crecemos más en las tormentas que en las temporadas cómodas, aunque no nos guste. Y la buena noticia es que Dios ya sabe lo que hay ahí. No se sorprendió. Solo espera que vos también lo veas.

La tormenta no vino para destruirte. Vino para mostrarte de qué estás hecho, y para que Dios pueda trabajar más hondo. Job salió del horno conociendo a Dios de una manera que antes no podía. Vos también podés.

Emilio
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