Probá lo que creés: la teología entra a la barca
Pensá en esto un segundo. Ese mismo día, antes de subir a la barca, los discípulos habían tenido la mejor clase de teología de sus vidas. Parábola del sembrador, parábola de la semilla de mostaza, enseñanza sobre el reino. Y después el Señor les dijo «saquen una hoja y un lápiz» —metafóricamente hablando— y los metió en la tormenta. Porque Dios va a probar los conocimientos que tenemos. Siempre.
Hay algo que me incomoda y que al mismo tiempo me parece uno de los gestos más honestos del Señor en este texto. Los discípulos no estaban desobedeciendo. No estaban en un lugar equivocado. Estaban exactamente donde Jesús les dijo que estuvieran. Y la tormenta llegó igual. ¿Por qué? Porque Dios quería probar si lo que ellos habían aprendido ese día era solo información en la cabeza o era convicción en el corazón.
Mirá, una cosa es lo que creemos cuando todo está tranquilo. Otra cosa muy distinta es lo que creemos cuando el agua empieza a entrar en la barca. En el culto, cuando estamos bien, cantamos «confío en ti, Señor, confío en ti». Y eso está bien, que lo cantemos. Pero el Señor quiere ver si esa canción es verdad también cuando la tormenta sacude todo.
Y no me estoy refiriendo solo a una crisis enorme. A veces la prueba es más cotidiana: perdiste una oportunidad de negocios por ser honesto y no aceptar el soborno. O perdiste una aparente amistad porque no quisiste participar de algo corrupto. O hiciste lo correcto y de todas formas te salió mal. ¿Seguís confiando? ¿O empezás a dudar de que valió la pena?
Santiago lo dice así, y es de esos versículos que hay que leer despacio: «tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas». ¿Gozo? ¿En pruebas? Yo me imagino eso y casi me da risa, te soy honesto. Pero el texto no dice que sintás gozo porque el problema te gusta. Dice «sabiendo» —no sintiendo, sabiendo— «que la prueba de vuestra fe produce paciencia». La fe que nunca fue probada no sabe de qué está hecha.
Yo tomé decisiones en el ministerio porque me parecía que era lo que había que hacer. Mi mente es rápida, resolutiva, yo veía el problema y ya tenía tres soluciones listas. Y Dios se encargó de quebrar esos planes más de una vez. Porque actué por impulso propio y no porque Dios me dijo. Y en ese quiebre, en esa frustración, aprendí cosas de mí mismo que no hubiera aprendido en la bonanza. Cosas que estaban bien escondidas adentro y que solo la tormenta sacó a la luz. Ciertos amores propios, cierta autosuficiencia que yo creía que no tenía. La prueba es un espejo que no miente.
"Hermanos míos, considérense muy dichosos cuando tengan que enfrentarse con diversas pruebas, pues ya saben que la prueba de su fe produce perseverancia. Y la perseverancia debe llevar a feliz término la obra, para que sean perfectos e íntegros sin que les falte nada."
Santiago 1:2–4 · NVIEsta semana, cuando llegue algo difícil —grande o chico, no importa el tamaño— en vez de solo pedir que pase rápido, agregá una segunda oración. Algo así: «Señor, en medio de esto, mostrándome lo que necesito ver.» No es resignación. Es invitar a Dios a hacer su trabajo completo. Y nosotros somos los que ganamos con eso.
La teología aprendida va a ser probada. No para destruirte, sino para mostrarte de qué está hecha tu fe. Y la buena noticia es que Dios ya sabe el resultado antes de que empiece el examen.
Santa Biblia, Nueva Versión Internacional® NVI® | © 1999, 2015, 2022 por Biblica, Inc. | Usado con permiso. Reservados todos los derechos en todo el mundo.
Textos bíblicos provistos por API.Bible
Comentarios
Todavía no hay comentarios. Sé el primero.
Tu comentario será revisado antes de publicarse.