Dios nunca se quedó callado. Fuimos nosotros los que dejamos de escuchar.
Hubo 400 años en que Dios no le habló al pueblo de Israel. Cuatrocientos años. Sin profetas, sin señales, sin palabra nueva. Solo silencio. Y si eso ya te parece mucho, pensá: ¿cuánto tiempo llevás vos en tu propio silencio? No el silencio de Dios. El tuyo. El de las decisiones postergadas, las oraciones a medias, los momentos en que sabías lo que tenías que hacer y elegiste no hacerlo. Hoy quiero hablar de por qué Dios siempre vuelve a hablar, y de lo que pasa cuando finalmente lo escuchamos.
Mirá el patrón que se repite en toda la Biblia. Dios habla. El pueblo se aleja. Vienen las consecuencias. El dolor los vuelve a acercar. Dios levanta un profeta. Se arrepienten. Dios los bendice. Muere el profeta. Se vuelven a enfriar. Y así de vuelta.
No es un patrón antiguo. Es el patrón de hoy. El de tu vida y el mío también, que me incluyo.
La voz de Dios es mucho más audible en el dolor que en los momentos buenos. Y eso no es culpa de Dios. Es nuestra. Cuando todo va bien, nos rebuscamos por todos lados: terapias, planes, contactos, lo que sea. Cuando todo se cae, ahí nomás decimos «Dios mío, ayudame». No está mal pedir ayuda en el dolor. Está mal necesitar el dolor para acordarse de pedir.
Pero lo más impresionante de todo es lo que Dios hace después de esos 400 años de silencio. ¿Sabés cuál es la primera palabra que le dice al sacerdote Zacarías en Lucas 1:13? «No temas». Después de cuatro siglos. Después de toda la desobediencia del pueblo. La primera palabra no es un juicio, no es un reproche. Es «no temas». Eso me dice algo sobre quién es Dios que ningún argumento teológico me puede decir mejor.
Dios no se cansa de volver. El que se cansa somos nosotros. Y a veces el silencio que sentís no es que Dios se fue. Es que hay tanto ruido adentro que no podés escuchar lo que ya está hablando.
"«Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo.»"
Hebreos 1:1–2 · NVIHabía un hombre, jugador empedernido, ludópata. Su mamá lo amaba con esa locura que tienen las madres que no tienen límite para amar. Y llegó un momento en que ella le dijo: «No te voy a hablar más». No porque no lo amara, sino porque ya había dicho todo lo que había para decir y él no escuchaba. Y ese silencio, esa consecuencia de quedarse solo con sus decisiones, fue lo que empezó a moverlo. Hay sabiduría en el silencio. A veces el silencio habla más que un discurso largo. Si sentís que Dios está callado en este momento, antes de concluir que se fue, preguntate si no es que te está dejando vivir las consecuencias de algo que ya te dijo. Eso también es amor. Es el amor de un padre que no puede hacer la tarea por vos.
"«Pero el ángel le dijo: Zacarías, no temas; porque tu oración ha sido oída, y tu mujer Elisabet te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Juan.»"
Lucas 1:13 · NVIHoy te propongo algo concreto. Agarrá un papel, o abrí el bloc de notas del teléfono, y escribí una sola cosa: ¿en qué área de tu vida sabés que Dios te habló y vos elegiste no escuchar? No lo analices demasiado. Lo primero que te vino a la mente es probablemente lo correcto. Y después, en silencio, decile: «Señor, acá estoy. Seguí hablando. Ahora escucho». Eso no resuelve todo de golpe, pero abre la puerta.
Dios nunca dejó de hablar. Habló a través de profetas, de circunstancias, de conciencias, de un burro si hacía falta. Y habló definitivamente a través de su Hijo. La pregunta no es si Dios tiene algo para decirte. La pregunta es si hoy estás dispuesto a no tapar esa voz con el ruido de siempre.
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