Día 5
Día 5 de 7 5 de junio

La Biblia no es un libro. Es Dios hablándote a vos.

A ver, te hago una pregunta rara para un viernes a la mañana: ¿cuándo fue la última vez que abriste la Biblia esperando que alguien te hablara, y no solo buscando confirmación de lo que ya querías hacer? Porque hay una diferencia enorme entre las dos cosas. Una es escuchar. La otra es usar a Dios de altavoz.

Esta semana estuvimos dando vueltas alrededor de lo mismo: Dios habla. Por la conciencia, por las circunstancias, por otras personas. Pero hay un canal que es el más directo de todos y que la mayoría usa menos de lo que debería. La palabra escrita. La Biblia.

O sea, Jesús no está físicamente acá. No podés ir a buscarlo a una dirección. Pero quedaron registradas sus palabras, su vida, su carácter, su voz. Y ese registro es la Biblia. Entonces, leer la Biblia no es una tarea religiosa. Es sentarte a escuchar al único que realmente sabe lo que te pasa.

Ahora, ojo, porque acá viene la trampa. Hay gente que lee la Biblia todos los días y sin embargo no oye nada. ¿Por qué? Porque lee para buscar lo que quiere encontrar. Como esa mujer que vino a preguntarme si era de Dios que se casara con un hombre casado. ¿Y sabés cuál fue su argumento? «Pastor, Dios es amor, y nosotros nos amamos.» Un versículo, fuera de contexto, puesto al servicio de lo que ya había decidido. Eso no es escuchar la voz de Dios. Eso es usar la Biblia como justificativo.

La diferencia entre eiségesis y exégesis es sencilla. Eiségesis es cuando vos le decís a la Biblia lo que tiene que decir. Exégesis es cuando la Biblia te dice a vos lo que necesitás escuchar. Y lo segundo, hermano, duele más. Pero también es lo único que te cambia.

Hebreos 1:2 lo dice clarito: Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo, en estos días nos ha hablado por el Hijo. Eso está registrado. Está ahí. Y la pregunta no es si Dios tiene algo para decirte. La pregunta es si vos estás dispuesto a escuchar lo que dice, aunque no te convenga.

"«Mi palabra que sale de mi boca no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero y prosperará en lo que yo le mandé.»"

Isaías 55:11 · NVI

Me acuerdo de algo que contaba sobre el papá. Años y años diciéndole lo mismo: «Por gracia sos salvo, papá, no por obras. La Biblia dice esto, aquello, lo otro.» Y el papá con su argumento de siempre: «Yo soy un buen hombre, mi hijo.» Doscientas veces la misma conversación. Hasta que un día, ya grande, ya con la mente que le empezaba a fallar, le preguntó en el auto: «Papá, ¿te irías al cielo?». Y el viejo pensó un momento y dijo: «Sí, mi hijo. Porque Jesús fue bueno conmigo y murió en la cruz.» Ahí nomás se cerró la boca. Años de palabra sembrada, muchas veces sin respuesta, y de repente, en el momento menos esperado, la voz de Dios encontró la grieta. Eso hace la palabra cuando alguien la dice en serio y el otro finalmente la escucha.

II Versículo

"«En estos postreros días nos ha hablado por el Hijo.»"

Hebreos 1:2 · NVI
⁕ ⁕ ⁕
¿Qué hacés con esto?

Esto es concreto. Agarrá Mateo, Marcos, Lucas o Juan. Uno de los cuatro. Empezá por el capítulo uno. Leé un capítulo por día, no más. Te va a tomar seis, siete minutos. Al final, no hagas nada raro: sentate dos minutos con lo que leíste y decile a Dios, aunque te parezca que estás hablando solo: «Señor, mostrámelo clarito.» Eso es todo. En menos de cuatro meses terminás los cuatro libros y vas a saber quién es Jesús de primera mano, no de oído. Nosotros no necesitamos más técnicas. Necesitamos sentarnos y leer.

La voz de Dios está registrada. Está ahí, esperándote. El problema no es el acceso, el problema es la disposición. Abrí la Biblia hoy sin saber de antemano lo que querés que diga. Eso, solito, ya es un acto de fe.

Emilio
22
0

Comentarios

Todavía no hay comentarios. Sé el primero.

Tu comentario será revisado antes de publicarse.

4 min