Dios ya te habló. El problema es que no lo creés.
Hay una pregunta que escucho más que ninguna otra. Más que «¿cómo sé si me voy al cielo?», más que «¿por qué sufro?». La pregunta número uno de los creyentes es esta: «¿Cómo sé cuál es la voz de Dios?». Y es válida. Es honesta. Pero lo que vas a descubrir hoy es que la respuesta te va a incomodar un poco, porque resulta que vos ya la oiste.
Jesús lo dice en Juan 10:27 con una claridad que no da mucho lugar a la duda: «Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen». Clarito. No dice «mis ovejas a veces oyen», no dice «mis ovejas oyen si se esfuerzan lo suficiente». Dice que oyen. Punto.
Ahora, si eso es tan categórico, ¿por qué tantos cristianos viven como si Dios estuviera en modo avión? Ahí está la tensión real.
Lo primero que tenés que entender es quién es Dios. Una de las características más fundamentales de Dios que se revela en la Biblia es que él es un Dios que se comunica. No es un Dios inalcanzable, frío, distante, que creó el universo y se fue de vacaciones. Desde el primer momento que creó al ser humano, le habló. Le dio propósito, le dio tareas, le dijo dónde había riqueza, le dijo hacia dónde ir. Adán y Eva no tuvieron que adivinar nada: la voz de Dios estaba ahí desde el principio.
Y eso no cambió. Lo que cambió fuimos nosotros.
Dios quiere hablarte. Eso no está en discusión. La pregunta de verdad no es si Dios habla, sino si vos estás dispuesto a escuchar. Y para eso, antes que cualquier técnica o método, necesitás creer que él tiene algo para decirte. No como dato teológico, sino como convicción real, de las que te cambian el lunes a las cinco de la mañana.
"«Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón.»"
Deuteronomio 6:4–6 · NVIHay un agnóstico que dijo algo que me quedó dando vueltas. Dijo: «Yo creo que puede haber un Dios, pero lo veo tan inalcanzable, tan incomprensible, que simplemente no lo tengo en cuenta en mi vida». O sea, no lo descarta del todo, pero como lo imagina tan lejos, directamente lo ignora. Y yo pienso: ¿qué expectativa tiene ese hombre para decir que Dios es inalcanzable? Porque el Dios de la Biblia no es ese. El Dios de la Biblia es el que camina por el jardín al fresco del día buscando a Adán. El que le habla a Caín antes de que cometa el peor error de su vida. El que llora con los que lloran. Ese Dios no se esconde. Somos nosotros los que nos escondemos.
"«Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen.»"
Juan 10:27 · NVIHoy no te pido que hagas nada complicado. Te pido que hagas una sola cosa: sé sincero. Antes de arrancar el día, decile a Dios en voz baja o en silencio: «Señor, creo que querés hablarme. Ayudame a escuchar». Nada más. Esa honestidad es el primer paso. No necesitás tener todo claro. Necesitás estar dispuesto. El resto lo hace él.
Dios no dejó de hablar. Nunca. Lo que a veces falla es nuestra disposición a escuchar. Esta semana arrancamos con eso: la certeza de que él tiene algo para decirte. Abrí el corazón antes de abrir cualquier otra cosa.
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