Dios te habla. Pero a veces el que no escucha sos vos, y lo sabés.
Te cuento algo que me divierte y me da un poco de vergüenza al mismo tiempo. Cuando mi hijo no me quiere hablar, me hace lo que yo llamo «el adolescente»: responde con monosílabos, mira el teléfono, y de repente desaparece hacia su cuarto como si tuviera reunión de directorio. Y yo ahí, que soy el papa, el que más lo conoce, el que mejor lo puede aconsejar, hablando con la puerta. Y me digo: esto es exactamente lo que hago yo con Dios algunas veces. Palabra a palabra.
Hay una frustración que comparten los padres de un bebé y los padres de un adolescente que pocas veces se nota. Los dos desean lo mismo: que su hijo les hable. El padre del bebé espera el primer «papá». El padre del adolescente espera cualquier cosa que no sea un gruñido. Y en el medio, el chico con su primer amigo del barrio, con el grupo de WhatsApp, con el que sea, menos con el padre que lo ama.
Dios tiene esa misma frustración, si se puede decir así. Él dice «Oye, Israel», que en hebreo es «Shemá Israel», y es básicamente un padre que dice: «Pará, mirame, escuchame un segundo». Y nosotros estamos con el teléfono, con la agenda, con las deudas, con los precios que no paran de subir, con todo lo que hay que resolver, y pasamos por alto la voz del único que realmente sabe cómo ayudarnos.
Ahora, no te digo que estar ocupado sea pecado. El problema es cuando la ocupación se vuelve una excusa. «No tuve tiempo de leer la Biblia». Tenés tiempo para mirar el precio del dólar veinte veces por día, pero no cinco minutos para leer. «No sé cómo escuchar a Dios». Sí sabés. Tu conciencia te habla todos los días. El problema es que lo que te dice no siempre es cómodo.
Y acá viene lo bueno, porque Dios no se ofende y se va. Él es más paciente que vos con tus hijos, que yo con los míos, que cualquier padre que conozcas. Pero ojo, hay un momento en que el silencio llega. Y no como castigo, sino como lo que le pasó a Zacarías: a veces Dios te cierra la boca para que dejes de hablar tanto y empieces a escuchar.
"«Así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié.»"
Isaías 55:11 · NVIEl pastor le habló a un hombre en su oficina hace poco. El tipo estaba con cara de que el mundo se le venía encima. «Tengo que tomar una decisión y no sé cómo». Y en eso tocaron la puerta. Era una hermana que dijo: «Permiso, el Señor me puso a orar por vos». Y lo que le dijo era exactamente lo que él necesitaba escuchar: «Hacé lo que tenés que hacer. Sé valiente». Punto. El hombre se quedó mirando como si le hubieran dado una cachetada con guante de terciopelo. Porque él ya sabía qué hacer. Solo estaba esperando que alguien le diera permiso. Eso también es la voz de Dios: cuando llega a través de otra persona y te dice exactamente lo que ya sabías pero no te animabas a decirte a vos mismo.
"«Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es.»"
Deuteronomio 6:4 · NVIHoy, en serio, un solo cambio práctico. Cuando te levantés mañana, antes de mirar el teléfono, antes de revisar las notificaciones, antes de ver qué pasó en el mundo mientras dormías, dales dos minutos a Dios. Solo dos. Y en esos dos minutos, preguntale una cosa: «¿Qué querés decirme hoy?». No es magia. No es un ritual. Es simplemente elegir escuchar antes de llenarte de ruido. Hacelo mañana. Después el lunes. Después el martes. Los hábitos chicos son los que cambian la vida de a poquito.
El Dios que hizo el universo quiere hablarte a vos. No a la versión ideal tuya, a vos con todo lo que traés hoy. Eso es lo más raro y lo más lindo de todo esto. No lo hagas esperar más de lo necesario.
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1 comentario
Breve, claro y específico.
Tengo cada día mi tiempo a solas con Dios. Me sirve como recurso muy útil para seguir reflexionado y compartir con otros.
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