Oíste toda la semana. Ahora decidí.
Hay una cosa que Jesús dijo al final del Sermón del Monte que a mí me dejó pensando mucho tiempo. No dijo: «Bienaventurado el que oyó». Dijo: «Al que oye estas palabras y las hace, lo compararé con un hombre prudente.» Dos hombres. Los dos oyeron. Uno hizo. El otro no. Y la diferencia entre los dos no fue la información. Fue la decisión.
Esta semana hablamos de muchas cosas. Que Dios es un Dios que se comunica. Que la conciencia ya es su voz operando en vos. Que él nunca dejó de hablar, ni siquiera en los 400 años de silencio antes de Juan el Bautista. Que el pecado y el ruido tapan esa voz, pero no la apagan. Que la Biblia es el canal más directo. Que Dios también habla a través de personas, si sabés discernir.
Todo eso está muy bien. Pero llegamos al domingo y viene la pregunta que no podés esquivar: ¿y vos qué hacés con eso?
Mirá lo que dice el Señor en Hebreos 3:7-8: «Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones.» Hoy. No mañana cuando estés más preparado. No cuando resuelvas el problema del trabajo o cuando mejore la relación con tu pareja. Hoy. Porque hay algo en la voz de Dios que tiene fecha de vencimiento no porque Dios se canse, sino porque vos te vas endureciendo de a poquito cada vez que escuchás y no hacés nada.
Es exactamente lo que le pasó a Zacarías. Dios le habla después de 400 años de silencio. Primera palabra: «No temas». Y Zacarías, en vez de decir sí, dice: «¿Cómo voy a saber que esto es cierto? Porque yo soy viejo y mi mujer también.» Mira la circunstancia, no la promesa. Y Dios, que es bueno pero no es tonto, le cierra la boca. No como castigo. Como misericordia. Porque a veces las palabras nuestras son lo que más nos embroman.
La pregunta hoy no es si Dios te habló esta semana. Te habló. Por tu conciencia, por alguna lectura, por alguien que te dijo algo que te quedó resonando. La pregunta es qué área de tu vida seguís manejando vos solo, haciendo como que no escuchaste. Esa área. Ese lugar donde la voz de Dios ya puso el dedo y vos seguís mirando para otro lado.
"«Al que oye estas palabras y las hace, lo compararé con un hombre prudente que edificó su casa sobre la roca.»"
Mateo 7:24 · NVIMe acuerdo de una noche, en el auto, volviendo del shopping, cuando escuché esa canción: «Levantaré banderas hasta que me muera.» Y algo adentro dijo: «Ese soy yo. Y no lo estoy haciendo.» Ningún ángel. Ninguna visión. Una canción en la radio y la conciencia que ya venía hablando hacía tiempo. Y esa noche me pregunté en serio: «¿Tengo que enfermarme, accidentarme, pasar algo grave para finalmente obedecer?» Dios fue misericordioso conmigo. No tuve que tocar fondo. Pero conocí gente que sí. Gente que necesitó el Pabellón Libertad, la quiebra, el diagnóstico, para por fin parar y escuchar. Y mirá: Dios también los esperó ahí. Pero cuánto mejor es no tener que llegar tan abajo. Cuánto mejor es hoy.
"«Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones.»"
Hebreos 3:7–8 · NVIAntes de cerrar este domingo, hacé una sola cosa. Una. Identificá ese área donde ya sabés que Dios te habló esta semana y todavía no hiciste nada. No te pido que resuelvas todo hoy. Te pido que tomes una decisión concreta sobre eso. Decísela a Dios en voz alta si podés. «Señor, desde hoy te obedezco en esto.» Esa palabra que vos declarás sobre tu vida tiene peso. Nosotros tendemos a subestimarla, pero Dios no. Él la toma en serio. Y aunque después te caigas, esa palabra sigue ahí, como ancla.
Arrancamos el lunes preguntándonos si Dios habla. Llegamos al domingo sabiendo que nunca dejó de hacerlo. Que habló por la conciencia, por la Biblia, por personas, por circunstancias, por un burro si hizo falta. La pregunta que queda no es de él. Es tuya. ¿Qué vas a hacer hoy con lo que ya escuchaste?
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