El ego que te responde solo
¿Sabés cuándo me di cuenta de que tenía un problema serio con el ego? Cuando empecé a ganar discusiones que nunca existieron. Me acostaba, cerraba los ojos, y ahí arrancaba el teatro: fulano me dice esto, yo le respondo aquello, le dejo sin palabras, aplauso del público. Perfecto. Brillante. Tres de la mañana, yo ganando un debate imaginario con alguien que está durmiendo. Hermano, si eso te pasa, bienvenido al club.
Pedro le preguntó a Jesús hasta cuántas veces tenía que perdonar. Y antes de que nadie respondiera, ya se respondió él mismo: ¿hasta siete? El tipo llegó con la respuesta en el bolsillo. No era una pregunta, era una exhibición. Los rabinos decían tres o cuatro veces como máximo. Pedro llegó con el doble. Quería que se notara lo generoso que era.
Y eso es exactamente lo que hacemos todos, che. Hasta cuando hacemos algo bueno, el ego está ahí, acomodándose en la primera fila. Queremos que se note. Queremos que alguien diga: mirá qué maduro, mirá qué cristiano, perdonó hasta siete veces. Y la pregunta que nadie se anima a hacerse es: ¿estoy perdonando de verdad, o estoy construyendo una imagen de alguien que perdona?
Jesús no lo felicitó. Le dijo: no siete, sino setenta veces siete. Cuatrocientas noventa. O sea, si querías mostrar lo bueno que sos, te voy a mostrar lo que es ser bueno de verdad. Le confrontó el ego directo, sin anestesia.
Y acá viene lo que más me costó aceptar a mí. Porque yo también soy Pedro. Me la paso pensando que tengo razón. Y probablemente la tenga, a veces. Pero tener razón y estar bien son dos cosas diferentes. Podés tener razón y estar lleno de amargura. Podés tener razón y tener el corazón cerrado. La razón fría no da compañía, no da paz, no da familia. Da solamente la satisfacción chiquita de decir: yo lo sabía.
Mi mamá me lo dice hasta ahora. Me dice: Emilio, dejá el orgullo, que con tu orgullo no se puede salir a cenar, no se puede dormir tranquilo. Y tiene razón. Con mi orgullo no puedo hacer gran cosa. El orgullo me aisla. Me pone en un pedestal donde todo el mundo está abajo mío y yo estoy solo arriba, con la razón, sin nadie al lado.
Acá en la iglesia una vez vino una chica de doce años, toda enojada, y me dijo: pastor, mi hermanito me firma los videos todo el tiempo, me filma a mí y lo comparte con sus amigos y se ríe. Le pregunté al hermanito, trece años, cara de nada, ni se inmutó. Entonces le dije a la chica: la próxima vez que te filme, miralo a los ojos y decile 'andá a bañarte, hace tres días que no te bañás'. No va a compartir eso. Me dijo 'gracias pastor' y se fue. Después me contó que funcionó perfecto, que no la molestó más. Y yo después la reté a ella también, porque la vi que lo estaba usando de más. Gente, hay que educar. Si el papá y la mamá no lo hacen, alguien lo tiene que hacer. Y a veces la herramienta más efectiva no es el sermón, es el dato concreto que le llega al otro exactamente donde le duele.
"Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: ―Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano que peca contra mí? ¿Hasta siete veces? ―No te digo que hasta siete veces —le contestó Jesús—, sino hasta setenta veces siete."
Mateo 18:21–22 · NVIHoy sábado, que tenés un poco más de tiempo, hacé esto: pensá en la última discusión que tuviste o que imaginaste. Y preguntate honestamente: ¿qué estaba buscando yo ahí? ¿Resolver algo, o tener razón? Nosotros somos muy buenos diagnosticando el ego de los demás y muy malos viendo el nuestro. Y no te digo esto para que te fustigues, te lo digo porque la autoconsciencia es el primer paso para salir de eso. El que sabe que tiene ego por lo menos puede trabajar con eso. El que ni siquiera lo ve, está perdido.
Pedro tenía el ego a flor de piel y aun así Jesús lo eligió, lo formó, lo usó. No porque fuera el mejor del grupo. Sino porque era sincero, aunque se equivocara seguido. Vos también podés ser sincero con tus contradicciones. Eso ya es empezar a salir.
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