Resolvé el problema, no lo digierás
Hay algo que hacemos todos y que nos destruye lentamente. Alguien nos ofende, nos lastima, nos debe algo, nos difama, y en lugar de ir a hablar, nos quedamos rumiando. Practicamos conversaciones que nunca existieron. Le respondemos en la cabeza. Le ganamos el debate a las tres de la mañana. Y la otra persona duerme como un bebé mientras nosotros digerimos veneno.
Jesús sabía que donde hay personas hay problemas. No es pesimismo, es realidad. Una persona, un problema. Dos personas, dos problemas. Y en una comunidad de fe con cientos de personas, hay cientos de posibilidades de ofensa, de malentendido, de herida. No porque la gente sea monstruosa, sino porque somos seres emocionales, caídos, y hasta sin querer tenemos la capacidad de lastimarlos a los que están cerca.
Entonces el Señor, en Mateo 18, no philosophó sobre el tema. Dio un protocolo. Algo concreto, paso a paso, para resolver el conflicto sin chisme, sin indirectas en redes sociales, sin años de incomodidad mirándote de reojo en la iglesia.
Paso uno: ir solo. No contárselo a nadie para que oren. No tirarlo en el grupo de WhatsApp. Ir vos, a solas con esa persona, y decirle con claridad: esto me dolió, esto me ofendió, quiero arreglarlo. Hay muchas chances de que haya un malentendido. Que lo que interpretaste no fue lo que quiso decir. Por eso primero preguntás. ¿Lo dijiste con esta intención? ¿Sabías que esto me afectó? Y capaz que ahí se termina todo.
Pero ponele que sí. Ponele que te quiso ofender, que te debe plata y no te paga, que te difamó. Entonces le decís con claridad lo que esperás. Que pare. Que te devuelva lo que es tuyo. Que repare el daño. Y que de tu parte, aunque te haya costado, lo perdonás.
Si no escucha, el siguiente paso es ir con dos o tres personas de confianza. No para presionar, sino para que haya testigos. Para que no sea tu palabra contra la de él. Y si aun así no hay movimiento, existe una última instancia que casi nadie quiere usar, pero que el Señor puso ahí por algo.
Este proceso no es para los que tienen mala fe. Es para los que de verdad quieren sanar una relación, resolver un conflicto, y no vivir años con esa incomodidad pegada en el pecho.
Una chica de doce años se acercó una vez con un problema. Su hermanito de trece le hacía capturas de pantalla de cosas que ella publicaba y las compartía con sus compañeros para burlarse. Ella estaba angustiada. Le preguntamos si había hablado con él. No. Le dijimos qué hacer: la próxima vez que lo hiciera, mirarlo a los ojos y decirle tranquila: «Andá a bañarte, hace tres días que no te bañás». Nada más. Y que vea si él comparte eso con sus amigos.
Semanas después vino sonriendo. «Pastor, ya no me hace más eso». ¿Sabés por qué funcionó? Porque actuó. Porque usó la herramienta. Porque no se quedó digiriendo la ofensa, fue y la resolvió a su manera, en su nivel.
"»Si tu hermano peca contra ti, ve a solas con él y hazle ver su falta. Si te hace caso, has ganado a tu hermano."
Mateo 18:15 · NVIPensá en una situación que tenés sin resolver. Una persona con la que hay tensión, una ofensa que todavía duele, algo que quedó pendiente. No te estoy pidiendo que la resuelvas hoy en cinco minutos. Te estoy pidiendo que te hagas una pregunta honesta: ¿alguna vez fuiste a hablar con esa persona, solos, sin testigos, sin rodeos? Si la respuesta es no, ese es el primer paso. Esta semana, pedí una conversación. Un café, un mensaje directo, una llamada. No para ganar, sino para resolver.
El Señor no te pide que te tragues las ofensas. Te pide que las enfrentes con madurez. Perdonar no es hacer como que nada pasó. Es tener el coraje de ir, hablar, y dejar de cargar algo que no es tuyo.
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