La deuda que nunca podrías pagar
Hay una escena en la parábola de Mateo 18 que me parece de una honestidad brutal. Un hombre le debe a su rey diez mil talentos. Una cifra imposible. Escuchá esto: un talento equivalía a cien días de trabajo. Diez mil talentos son dos mil setecientos treinta y nueve años de trabajo. O sea, este tipo todavía estaría pagando hoy, si hubiera empezado hace dos mil años en Medio Oriente. Y sabe eso. Y aun así le dice al rey: tenme paciencia, que yo te lo pagaré todo.
¿Te das cuenta lo que hizo? Le mintió. O peor: se creyó su propia mentira. Pensó que con suficiente esfuerzo, suficiente tiempo, suficiente buena voluntad, podría saldar algo que era imposible de saldar.
Y eso, hermano, es exactamente lo que hace el ser humano delante de Dios. Soy buena persona. No le hago daño a nadie. Hago más bien que mal. Trato de portarme bien. Como para decirle a Dios: tenme paciencia, que yo te lo pagaré todo. Imposible. Nuestra deuda con Dios es impagable. No porque Dios sea un cobrador despiadado, sino porque el estándar de su santidad es infinitamente más alto de lo que podemos alcanzar por nuestros propios medios.
Pero mirá lo que hace el rey. Movido a misericordia, le soltó y le perdonó la deuda. No le rebajó el monto. No le extendió el plazo. Le perdonó todo. Eso es gracia. Una palabra que atraviesa toda la Biblia de punta a punta. No es solo del Nuevo Testamento. Adán y Eva, Caín, Abraham, José, David, los apóstoles, todos vivieron bajo la gracia de Dios. Sin esa gracia, ninguno hubiera llegado a ningún lado.
Ahora viene la parte que duele. Este hombre al que le perdonaron una deuda impagable sale y encuentra a un compañero que le debe cien denarios. Diez días de trabajo. Y lo agarra del cuello. Y no le perdona. Y lo manda a la cárcel.
¿Por qué? Porque nunca asumió la gracia. Nunca se vio como alguien al que le perdonaron lo impagable. Salió pensando que de alguna manera se lo merecía, que de alguna manera lo había pagado, que era un tipo bueno. Y cuando creés que sos un tipo bueno, tratás a los demás con la dureza que sentís que merecen. Siempre somos benevolentes con nuestros propios pecados y severos con los ajenos. Es la condición humana.
"¿No debías tú también haberte compadecido de tu compañero, así como yo me compadecí de ti?”."
Mateo 18:33 · NVIUna vez, negociando la compra de un terreno para la iglesia, llegamos a un punto muerto. Ya habíamos bajado el precio todo lo posible, argumentado todo lo que se podía argumentar. Y la pregunta era: ¿qué le decís a alguien que tiene plata y no necesita nada más? No tenés con qué convencerlo racionalmente. La única salida era apelar a su corazón. Contarle para qué era el terreno, qué familias iban a ser ayudadas, qué vidas iban a cambiar. Apelar a su sentimiento. Y funcionó. Porque cuando la lógica no alcanza, la gracia abre puertas que el argumento cierra.
"El señor se compadeció de su siervo, perdonó su deuda y lo dejó en libertad."
Mateo 18:27 · NVIEsta mañana, antes de que empiece el día, hacete esta pregunta en serio: ¿qué tan claro tenés lo que Dios te perdonó a vos? No en abstracto. En concreto. Porque la medida en que perdonamos a otros está directamente conectada con la medida en que entendemos lo que nos perdonaron a nosotros. Si te cuesta perdonar, capaz que el problema no es la persona que te ofendió. Capaz que el problema es que todavía no terminaste de aterrizar la gracia que recibiste.
La gracia que recibiste no es un dato teológico. Es la razón por la que podés mirar a alguien que te lastimó y soltar. No porque no importe. Sino porque lo que te perdonaron a vos importa infinitamente más.
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