Día 4
Día 4 de 7 30 de julio

Pedro se respondió solo, y nosotros también

Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano? ¿Hasta siete?». Y sin esperar respuesta, ya se respondió él mismo. Yo soy así también, te lo juro. Me pregunto algo y antes de que nadie abra la boca, ya tengo mi propia respuesta lista. Y generalmente es la respuesta que me da la razón.

Lo de Pedro no era inocente. Había una tradición rabínica que decía que había que perdonar tres, cuatro veces como máximo. Pedro llegó con el doble. El tipo se sentía generoso. Se sentía el mejor del grupo. Y le preguntó a Jesús, pero básicamente le estaba mostrando lo bueno que era.

Eso lo entiendo perfectamente. Hasta cuando hacemos algo altruista, el ego está presente. Muy en el fondo, queremos proyectar una imagen. Queremos que se vea lo piadosos que somos. Y encima nos preguntamos solos para que nadie nos quite el momento.

Y Jesús, con esa calma que tiene Jesús, le dice: no siete, sino setenta veces siete. O sea, si querías mostrar lo bueno que sos, yo te voy a mostrar lo que es ser bueno de verdad. Le confrontó el ego directo, sin anestesia.

Bueno, y ahí estamos todos nosotros. Porque Pedro nos representa. Todos queremos tener la razón. Todos queremos que se note lo que hacemos. Todos somos generos cuando la generosidad no nos cuesta demasiado. Pero cuando la ofensa es real, cuando el daño es concreto, cuando la persona que te lastimó te sigue mirando a los ojos sin pedir perdón, ahí se acaba el Pedro de los siete perdones y aparece el Pedro que sacó la espada en el huerto.

Y mirá, no te digo esto para que te sintas mal. Te lo digo porque me pasa a mí también. Mi mamá me dice hasta ahora: Emilio, dejá el orgullo. Y tiene razón. Con mi orgullo no se puede salir a cenar, no se puede dormir tranquilo, no se puede hacer mucho. El orgullo no te da compañía. Te da razón, sí. Pero razón fría, sola, en casa.

El rencor es como un veneno que uno toma esperando que el otro muera. Repito: yo tomo el veneno y espero que el otro muera. Y el otro está por ahí viviendo su vida, sin enterarse de que vos pasás el tiempo practicando discusiones imaginarias.

Una vez alguien me escribió en redes sociales cosas muy puntuales, muy ofensivas, cosas que eran mentiras directas sobre mí. Ese día amanecí mal, viento norte, y me tomé mi tiempito en ver quién era. Había sido un hombre que trabajaba en una institución pública donde un hermano de la iglesia era director. Le llamé al hermano, me pasó todos los datos: nombre completo, familia, cargo, años de servicio. Y le escribí al tipo, nombrándolo todo, diciéndole que la semana siguiente iba a estar en su oficina con una escribana frente a su jefe, que es mi amigo personal.

Me escribió de vuelta en privado. Una carta exquisita. Excelentísimo señor pastor, mis más profundas disculpas, fue absolutamente desafortunado de mi parte. Y yo le respondí: el daño está hecho, acepto tu perdón, nos vemos en una semana. Y lo bloqueé. Nunca fui. Nunca le conté nada a su jefe. Pero una semana difícil habrá tenido, eso sí.

Sabés cuál es la hipocresía, ¿no? ¿Por qué no escribió esa carta exquisita públicamente, donde me había atacado? Porque la gente es así. Es valiente en el anonimato y cobarde cuando hay consecuencias. Bienvenido al planeta Tierra, hermano. No te digo esto para que te amargués. Te lo digo para que no te sorprendás. Y para que, sabiendo cómo es la gente, puedas elegir no llenarte de amargura por algo que simplemente es la condición humana.

II Versículo

"Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: ―Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano que peca contra mí? ¿Hasta siete veces? ―No te digo que hasta siete veces —le contestó Jesús—, sino hasta setenta veces siete."

Mateo 18:21–22 · NVI
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¿Qué hacés con esto?

Hoy, en algún momento del día, vas a tener la oportunidad de elegir el ego o la gracia. Puede ser en casa, en el trabajo, en un chat, en un silencio incómodo con alguien. No te pido que lo hagas perfecto. Te pido que lo notes. Que en el momento en que el Pedro que se responde solo quiera salir, lo veas. Y que, aunque sea un ratito, te preguntes: ¿qué haría el que recibió gracia?

Pedro tenía el ego a flor de piel y aun así Jesús lo eligió. No porque fuera el mejor, sino porque era sincero con sus contradicciones. Vos también podés ser sincero con las tuyas. Eso ya es empezar.

Emilio
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1 comentario

N
Noemi Prieto 30/07/2026

Es mi condición humana, el ego, la todos.
Pensar
Verme
Estar atenta para cuando lo veo llegar.
Recibo gracia, si o si debo darla.

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