Recibiste lo que no podías pagar: ahora vivilo
Esta semana hablamos de conflictos, de procesos, de perdón, de ego, de justicia. Y en algún punto de todo eso, aparece la pregunta de fondo que no siempre nos animamos a hacer en voz alta: ¿por qué me cuesta tanto perdonar? No la respuesta teológica, la real. La del corazón. Bueno, esta mañana creo que llegamos a la raíz.
En Mateo 18 hay una parábola que Jesús le cuenta a Pedro justo después de que Pedro pregunta lo de las siete veces. Y la parábola es esta: un hombre le debe a su rey diez mil talentos. Un talento equivalía a cien días de trabajo. Diez mil talentos son dos mil setecientos treinta y nueve años de trabajo. O sea, este tipo todavía estaría pagando hoy, si hubiera arrancado hace dos mil años en Medio Oriente. Y sabe eso. Y aun así le dice al rey: tenme paciencia, que yo te lo pagaré todo.
Escuchá lo que acaba de hacer. Le mintió al rey. O peor: se creyó su propia mentira. Pensó que con suficiente esfuerzo, suficiente tiempo, suficiente buena voluntad, podría saldar algo que era imposible de saldar.
Y eso, gente, es exactamente lo que hace el ser humano delante de Dios. Soy buena persona. No le hago daño a nadie. Hago más bien que mal. Voy a ir a buen lugar cuando me muera porque me porto bien. Es decirle a Dios: tenme paciencia, que yo te lo pagaré todo. Imposible. La deuda es impagable. No porque Dios sea un cobrador sin corazón, sino porque el estándar de su santidad está infinitamente más alto de lo que nosotros podemos alcanzar solos.
Pero el rey, movido a misericordia, le soltó y le perdonó la deuda. No le rebajó el monto. No le extendió el plazo. Le perdonó todo. Eso es gracia. Una palabra que atraviesa toda la Biblia de punta a punta. Adán y Eva, Caín, Abraham, David, los apóstoles, todos vivieron bajo esa gracia. Sin ella, ninguno hubiera llegado a ningún lado.
Y acá viene el problema. Este hombre al que le perdonaron lo impagable sale y encuentra a un compañero que le debe cien denarios. Diez días de trabajo. Y lo agarra del cuello. Y lo manda a la cárcel. ¿Por qué? Porque nunca asumió la gracia. Salió pensando que de alguna manera se lo merecía, que de alguna manera había pagado, que era un tipo bueno. Y cuando creés que sos un tipo bueno, tratás a los demás con la dureza que sentís que merecen.
Y ahí está la raíz de todo. Por eso me cuesta perdonar. Porque en algún lugar de mi corazón creo que yo soy mejor que el que me ofendió. Que mi pecado es menos grave. Que yo merezco más gracia de la que le doy al otro. Eso es el orgullo disfrazado de justicia.
"Más bien, sean bondadosos y compasivos unos con otros y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo."
Efesios 4:32 · NVIEsta semana hablamos de Pedro que se respondía solo, del hombre que rumiaba en lugar de hablar, del que perdonaba de boca para afuera pero no soltaba. Y en algún punto me quedé pensando en algo que me pasó negociando un terreno con mi hermano Adolfo para la iglesia. Veníamos bajando el precio, ya habíamos dado todo lo que podíamos dar, y en algún momento le dije a Adolfo: ¿cómo negociás con alguien que ya tiene plata y no necesita más nada? La respuesta fue: apelale al corazón. No más argumentos, no más números. El corazón. Y lo mismo pasa cuando alguien te debe algo que no te puede pagar. Los argumentos no alcanzan. La presión no alcanza. Pero cuando alguien viene humilde y dice: no puedo pagarte ahora, lo sé, pero acá estoy, no me escondo, hablemos, eso mueve algo en el pecho que los números no mueven. El Rey de la parábola no hizo cuentas. Se movió a misericordia. Y eso cambió todo, aunque el deudor después lo arruinara.
"Entonces el señor mandó llamar al siervo. “¡Siervo malvado! —le dijo—, te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haberte compadecido de tu compañero, así como yo me compadecí de ti?”."
Mateo 18:32–33 · NVI¿Qué hacés con todo esto? Esta mañana, antes de cualquier otra cosa, hacé una sola pregunta: ¿hay alguien a quien no estoy perdonando porque en el fondo creo que yo soy mejor que esa persona? No porque te haya hecho poco daño. Sino porque tenés guardado ahí adentro un registro de tus méritos y un registro de sus faltas, y el tuyo siempre sale mejor. Pedile a Dios que te muestre el tamaño real de lo que te perdonaron a vos. No para que te sintas mal. Sino para que el tamaño de tu perdón hacia el otro empiece a crecer. La gracia que recibiste no es un dato teológico. Es el motor de todo lo que esta semana hablamos.
Esta semana arrancamos aprendiendo a resolver el problema en lugar de digerirlo, y terminamos acá: descubriendo que la raíz de todo conflicto sin resolver es el orgullo de alguien que nunca asumió cuánto le fue perdonado. Resolvé, confrontá, ejercé justicia cuando corresponda, sí. Pero hacelo desde el corazón de alguien al que le perdonaron una deuda de dos mil setecientos treinta y nueve años. Eso cambia el tono de todo.
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