Día 4
Día 4 de 7 11 de junio

El Ego Siempre Pide La Palabra

Te voy a contar algo que me pasó y que nunca terminé de procesar del todo. En un momento de mi vida, con la iglesia creciendo, me vino un consejo de alguien que quería ayudarme. Me dijo, con buena intención, eh, toda la buena intención del mundo: «¿Por qué seguís bajo el pastorado de ese hombre si tu iglesia ya tiene diez veces más gente que la de él? Él debería estar bajo tu pastorado.» Y te juro que algo en mí escuchó eso y no salió corriendo de inmediato. Ahí está el problema.

El ego no llega con cara de ego. Llega disfrazado de razonamiento lógico, de justicia, de «yo solo digo la verdad que nadie se anima a decir». Llega con la voz de alguien que te quiere, que ve tu potencial, que «solo quiere lo mejor para vos».

Y ahí está el truco. Porque Pedro también quería lo mejor para Jesús cuando le dijo «Señor, que esto no te acontezca nunca.» Le amaba. Y Jesús le dijo: «Apártate de mí, Satanás.» No le dijo «Pedro, che, estás siendo muy carnal.» Le dijo el nombre del que estaba hablando a través de él. Fuerte, ¿no?

O sea, la gente que viene a inflar tu ego no siempre es mala gente. A veces es tu mejor amigo. A veces es alguien que genuinamente te admira. Pero el resultado es el mismo: te empezás a creer más de lo que sos, te empezás a comparar, te empezás a medir. Y cuando empezás a medirte, ya perdiste el hilo. Ya no estás sirviendo, estás compitiendo.

Lo más gracioso —o lo más triste, según cómo lo mires— es que te podés volver muy bueno en disimular eso. Podés tener el discurso de la humildad perfectamente armado. Yo mismo lo intenté. Me propuse ser humilde, lo trabajé, lo practiqué. Hasta que a los tres meses me di cuenta de que me sentía orgulloso de haber logrado ser humilde. Y ahí ya había dejado de serlo. Así funciona esto.

"Jesús se dirigió a Pedro y le dijo: —¡Aléjate de mí, Satanás! Representas una trampa peligrosa para mí. Ves las cosas solamente desde el punto de vista humano, no desde el punto de vista de Dios."

Mateo 16:23 · NTV

Hay una historia de un pastor de cincuenta años de trayectoria al que quisieron honrar en un gran congreso en Estados Unidos. Le preguntaron a sus colegas, sin que él estuviera presente, cuál era su característica principal. Todos dijeron lo mismo: es el hombre más humilde que conocí en mi vida. Bueno, decidieron darle un pin de oro como «el pastor más humilde». Y uno se queda pensando: ¿y ahora qué hace el tipo con eso? ¿Lo cuelga en la pared? ¿Lo muestra? Todos lidiamos con esto, gente. Todos. La esposa de Billy Graham lo entendió mejor que nadie. En su lápida —murió a los noventa y tantos años— hizo poner: «Ahora podés halagarme. Ya terminó la construcción.» Eso es tener sentido del humor con la propia humanidad. Y eso también es sabiduría.

II Versículo

"pero él me dijo: «Te basta con mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad». Por lo tanto, gustosamente presumiré más bien de mis debilidades, para que permanezca sobre mí el poder de Cristo."

2 Corintios 12:9 · NVI
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¿Qué hacés con esto?

Hoy, algo práctico y concreto: prestale atención a los halagos que recibís. No para rechazarlos todos como si fueran veneno —eso tampoco es sano— sino para notar qué hacen adentro tuyo. ¿Te alimentan o te inflan? Hay una diferencia. El aliento genuino te da energía para seguir sirviendo. La adulación te hace mirar al espejo. Cuando notes que estás mirando al espejo más de la cuenta, acordate de esto: Pablo, con todo lo que era, dijo «soy el menor de todos los santos». No como pose. Como diagnóstico honesto. Nosotros podemos hacer lo mismo.

El ego siempre va a pedir la palabra. Siempre. La pregunta es si vos le vas a dar el micrófono. Dios no te pide que te destruyas, te pide que te sujetés. Y en esa sujeción, paradójicamente, es donde encontrás la libertad de verdad.

Emilio
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