El Pin De Oro Del Hombre Más Humilde
Escuchá esto, porque te lo juro que la primera vez que lo leí me reí, y después me quedé incómodo. Había un pastor en Estados Unidos, cincuenta años de trayectoria, un hombre de Dios de verdad. Organizan un congreso para honrarlo. Le preguntan a los que le conocían: ¿cuál es la característica principal de este hombre? Y todos, sin ponerse de acuerdo, dijeron lo mismo: es el más humilde que conocí en mi vida. Entonces le dieron un pin de oro. El premio al pastor más humilde. Y yo me imagino al tipo con el pin en la solapa, orgulloso de su humildad. Hermano, así funciona esto.
Y no te estoy tirando una piedra desde afuera, porque yo caí exactamente en la misma trampa. Me propuse ser humilde. Lo trabajé, lo practiqué, me esforcé. Y a los tres meses me di cuenta de que me sentía orgulloso de haber logrado ser humilde. En ese momento ya había dejado de serlo.
O sea, el ego es más vivo que vos. Más vivo que yo. Siempre encuentra la vuelta. Si no te infla por tus logros, te infla por tus sacrificios. Si no te infla por lo que tenés, te infla por lo que renunciaste. Es un monstruo que cambia de disfraz.
Y acá está la trampa en que caemos los que servimos: la humildad real no se consigue esforzándose en ser humilde. Eso es un cortocircuito. La humildad viene de ver a Dios. De verdad. Cuando vos te parás delante de quien es Dios, no queda mucho espacio para inflarte. Isaías lo vio así. Entró al templo, vio al Señor alto y sublime, y lo primero que salió de su boca no fue un cántico de alabanza, fue un grito de terror: «¡Ay de mí, que soy muerto!». Eso es lo que produce ver a Dios de verdad.
El problema es que muchas veces no vemos a Dios, vemos nuestra imagen de Dios. Y nuestra imagen de Dios es bastante conveniente, che. Un Dios que nos apoya, que está orgulloso de lo que hacemos, que nos da la razón en los conflictos. Ese Dios no humilla a nadie. Ese Dios es un espejo disfrazado de cielo.
"Mi jactancia no servirá de nada, sin embargo, debo seguir adelante. A mi pesar contaré acerca de visiones y revelaciones que provienen del Señor. Hace catorce años fui llevado hasta el tercer cielo. Si fue en mi cuerpo o fuera de mi cuerpo no lo sé; solo Dios lo sabe. Es cierto, solo Dios sabe si estaba yo en mi cuerpo o fuera del cuerpo; pero sí sé que fui llevado al paraíso y oí cosas tan increíbles que no pueden expresarse con palabras, cosas que a ningún humano se le permite contar. De esa experiencia vale la pena jactarse, pero no voy a hacerlo. Solamente me jactaré de mis debilidades. Si quisiera jactarme, no sería ningún necio al hacerlo porque estaría diciendo la verdad; pero no lo haré, porque no quiero que nadie me atribuya méritos más allá de lo que pueda verse en mi vida u oírse en mi mensaje, aun cuando he recibido de Dios revelaciones tan maravillosas. Así que, para impedir que me volviera orgulloso, se me dio una espina en mi carne, un mensajero de Satanás para atormentarme e impedir que me volviera orgulloso. En tres ocasiones distintas, le supliqué al Señor que me la quitara. Cada vez él me dijo: «Mi gracia es todo lo que necesitas; mi poder actúa mejor en la debilidad». Así que ahora me alegra jactarme de mis debilidades, para que el poder de Cristo pueda actuar a través de mí."
2 Corintios 12:1–9 · NTVBilly Graham estaba predicando, miles de personas, y una mujer llorando se le acercó al final y le dijo: «Pastor, impresionante. Nunca escuché a un predicador tan elocuente como usted.» Y Graham le respondió: «Hermana, acaba de decirme eso mismo Satanás mientras yo predicaba.» No lo dijo con soberbia al revés, esa cosa que hacen algunos de rechazar el elogio para que te lo repitan más fuerte. Lo dijo porque sabía que esa voz ya estaba activa adentro suyo mientras estaba parado en el púlpito, y que la mujer sin querer le estaba dando la razón al enemigo. Eso es estar despierto. Eso es conocerse.
"Pero él nos da más gracia. Por eso dice la Escritura: «Dios se opone a los orgullosos, pero da gracia a los humildes»."
Santiago 4:6 · NVI¿Qué hacés con esto? Primero, dejá de intentar ser humilde. En serio. Ese esfuerzo directo no funciona, ya lo viste. En cambio, hacé esto: una vez al día esta semana, antes de arrancar con tus cosas, tomá dos minutos y quedate quieto delante de Dios. No para pedirle nada. Solo para recordar quién es él y quién sos vos. No como ritual, como un momento real. Dos minutos. Y si en ese momento te viene a la mente alguna situación donde inflaste el ego, alguna pelea donde insististe en tener razón, alguna comparación que hiciste con alguien, no la esquives. Nombrásela a Dios. Así de simple. La humildad no se practica, se recibe. Y se recibe cuando nos paramos en el lugar correcto.
La esposa de Billy Graham, cuando murió, pidió que en su lápida pusieran una sola frase: «Ahora podés halagarme. Ya terminó la construcción.» Eso es lo que somos todos, hermano. Obra en construcción. No te pongas el pin todavía.
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