Día 4
Día 4 de 7 25 de junio

El matrimonio no es corretearse en ropa interior por el departamento

Mirá, te voy a ser honesto desde el arranque. Yo me casé hace más de veinte años. Me casé con una mujer de 22 años que hoy tiene 44, que pasó por todas las etapas biológicas que pasan las mujeres, y yo también pasé por las mías — la andropausia, las crisis, los años donde el cuerpo que tenías a los 25 ya no es el mismo y tenés que reacostumbrarte a uno que te va a acompañar los próximos 30 o 40 años. No es fácil, hermano. Y si alguien te dijo que iba a ser fácil, te mintió con buena cara.

Cuando uno se casa — o cuando está de novio, que es peor todavía — hay una combinación química en el cerebro que hace que esa persona te parezca lo más maravilloso del universo. Literalmente. El cerebro tiene ciertas áreas adormecidas por la química del enamoramiento. Y en ese estado prometés vivir para siempre con esa persona en todas las etapas de su vida. Una locura. Una locura hermosa, pero una locura.

Después viene la realidad. Y ahí descubrís que te casaste con un pecador o una pecadora. Igual que vos. Y ahí es donde empieza el trabajo real.

El matrimonio no es corretearse en ropa interior por el departamento. Eso es el noviazgo, y dura poco. El matrimonio tampoco es «tener un hijo y listo, problema resuelto». Ni tres perros. No. Es un compromiso serio que implica toda la vida. Y como dice una frase que no está en la Biblia pero tiene mucha verdad adentro: el buen matrimonio se parece al cielo, y el mal matrimonio es un anticipo del infierno.

¿Por qué digo esto? No para asustarte. Sino porque somos muy buenos para desechar lo que tiene valor en cuanto aparece el primer problema gordo. Pensá en esto: si comprás un auto de ciento cincuenta mil dólares y se te pincha una rueda, ¿lo abandonás en la banquina y te vas caminando? No. Lo mandás a arreglar y seguís disfrutando todo lo que te costó. Pero hay gente que por una rueda pinchada — metafóricamente hablando — desecha su matrimonio. Ya me divorcié, ya chau, otra cosa. Y la estadística es que uno de cada diez de los que se vuelven a casar dicen estar mejor. El resto dice lo mismo: «Mi ex era argel y antipático. Mi actual es espectacular — me da un beso al despertar — pero no se quiere bañar.» Siempre hay algo, hermano. Siempre.

"Una esposa que busca pleitos es tan molesta como una gotera continua en un día de lluvia."

Proverbios 27:15 · NTV

Una vez me llegó un caso — de esos que te marcan — de un matrimonio que estaba por explotar por una pelea de semanas. ¿Sabés cuál era el origen? La toalla. Él la dejaba tirada en el baño después de ducharse. Ella se lo había pedido veinte veces. Él nunca lo cambió. Y ella ya no podía más. Le dije: «Mira, arreglá la toalla. Sí, ella tampoco es perfecta. Pero hacelo igual.» ¿Y sabés qué me dijo él? «Pastor, hace veinte años que no cambia la manera de hablarme. ¿Por qué yo sí tengo que cambiar?» Y le dije: «Porque alguien tiene que empezar. Y si esperás que empiece ella, van a terminar los dos esperando para siempre.» Me llamó tres días después. La toalla estaba colgada. Y la conversación que tuvieron esa noche fue la primera conversación real en meses. Una toalla. Veinte años de matrimonio en juego por una toalla.

II Versículo

"Así mismo el esposo debe amar a su esposa como a su propio cuerpo. El que ama a su esposa se ama a sí mismo,"

Efesios 5:28 · NVI
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¿Qué hacés con esto?

Hoy, algo pequeño. Pensá en una cosa — una sola — que tu pareja te pidió que hicieras o dejaras de hacer, y que vos no cambiaste porque «no es para tanto» o porque «ella tampoco cambia lo suyo». Y hacelo. Sin anunciarlo, sin esperar reconocimiento, sin usarlo de moneda de cambio. Solo hacelo. Porque el matrimonio se construye o se destruye en las cosas pequeñas, no en las grandes crisis. Las grandes crisis son el resultado acumulado de mil cosas pequeñas que nadie atendió.

Mi mamá me dijo una vez algo bien picante, con todo el amor del mundo: «Hay cosas que solo podés hacer con tu esposa, no con tu orgullo.» Y tenía razón. Decidí estar mejor con mi mujer que con mis razones. No todos los días me sale bien. Pero esa es la decisión. Todos los días, de vuelta.

Emilio
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