Día 7
Día 7 de 7 28 de junio

Vivís algo divino en un mundo caído. Eso lo cambia todo.

Esta semana arrancamos desde el principio: el matrimonio y la familia empezaron en el cielo. En un contexto de pureza total, sin celos, sin orgullo, sin pecado. Y los tenemos que vivir acá abajo, con toda la mugre que cargamos encima. Eso no es una queja. Es una descripción honesta de lo que somos. Y lo que hace Dios con eso — con nosotros así — es lo que no termina de dejar de asombrarme.

Vos estás viviendo algo divino en un mundo caído. Esa frase la pienso seguido y cada vez pesa más. El matrimonio fue diseñado para vivirse en plenitud total, en un estado puro. Vos lo vivís con tu historia, con tus heridas, con tus años de egoísmo formado antes de conocer a nadie, con tu dureza de corazón que ni vos mismo terminás de entender del todo. Y aun así Dios dice: «Seguí. Perdoná. Amá. Sujetate. Servís. Volvé a empezar mañana.»

Eso no es crueldad de parte de Dios. Es fe de parte de Dios en lo que puede hacer en vos si le obedecés.

Esta semana hablamos de sujeción. Hablamos de honra. Hablamos de amor sacrificial. Hablamos de la libertad real que está en la verdad de Dios y no en la promesa vacía del mundo. Hablamos de cubiertos lavados y de toallas mojadas y de orgullo que se nos cruza justo cuando el otro quiere reconciliarse. No fue una semana de teología abstracta. Fue una semana de mirarnos de frente.

Y acá está la síntesis, escuchame bien: la única manera de que una familia sobreviva — no sobreviva amargada, sobreviva bien — es que en el centro esté Cristo. No un Cristo de cuadro colgado en la pared. Un Cristo obedecido. Un Cristo al que le decís «hágase tu voluntad» y lo decís en serio, sabiendo que su voluntad implica perdonar cuando no querés, servir cuando estás cansado, quedarte cuando querés irte.

Yo no te digo esto como alguien que lo tiene resuelto. Me casé hace más de veinte años y todavía hay etapas donde me anclo en la palabra de Dios porque sin ella ya habría dado una patada a más de una cosa. Eso no es debilidad. Es honestidad. Y es también la razón por la que la palabra funciona: porque no es para los que están bien, es para los que están en medio de la tormenta y necesitan algo a qué aferrarse.

"La mujer pendenciera es gotera constante en un día lluvioso."

Proverbios 27:15 · NVI

Hay una oración que Jesús nos enseñó que dice «hágase tu voluntad como en el cielo, también en la tierra». Eso no es resignación. Es una declaración de intención. Estás pidiendo que lo que existe en el cielo — unidad, paz, amor sin grietas, perdón sin condiciones — baje a tu casa. A tu mesa. A tu cama matrimonial. A la habitación de tus hijos. Estás invitando el cielo a la tierra. Y Dios toma esa invitación muy en serio. Más en serio de lo que la tomamos nosotros cuando la decimos de memoria.

II Versículo

"Venga tu reino. Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo."

Mateo 6:10 · NVI
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¿Qué hacés con esto?

Hoy es un buen día para sentarte — solo, o con tu pareja si podés — y preguntarte: ¿qué es lo innegociable en mi casa? No lo que debería ser. Lo que realmente es. Y si lo que encontrás no es la fe, el perdón, la lealtad — si lo que sostiene tu familia es el miedo, la costumbre o la conveniencia — bueno, ahí tenés el trabajo de la semana que viene. No para flagelarte. Para empezar. Porque Dios no abandonó el plano aunque el material sea imperfecto. Pero el material tenés que traerlo vos.

Esta semana recorrimos el diseño de Dios para la familia desde el principio hasta los cubiertos del lunes a la noche. El arco es el mismo en los dos extremos: Dios quiere el cielo en tu tierra. En tu casa, con tus imperfecciones, con tus años encima. No cuando estés listo. Ahora. Ponete de acuerdo con tu familia, bajá el orgullo, y Cristo se mete al medio. Eso es todo lo que necesitás para empezar.

Emilio
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