Día 3
Día 3 de 7 19 de agosto

El orgullo que no deja ver

El intérprete de la ley hizo algo interesante después de que Jesús le dijera «haz esto y vivirás». No se fue. No se quedó callado. Hizo otra pregunta. Y esa segunda pregunta lo delató más que la primera.

Dice el versículo 29: «Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?». Ahí está todo. Él quería convencerse de que era buena persona. Quería relativizar la palabra prójimo. Definime bien ese término, Jesús, porque yo tengo mi concepto, y si tu concepto coincide con el mío, entonces quizás pueda cumplirlo. Y si no coincide, bueno, debatimos, filosofamos, divagamos en conceptos, y nunca llegamos a nada concreto. Eso se llama sofisma: un argumento que parece razonable pero está diseñado para embarrar la conversación y evitar una conclusión.

Para él, prójimo era quien apreciaba, quien era de su círculo, quien le hacía el bien. ¿Quién no va a amar a alguien así? Eso no es amor, eso es conveniencia. Los fariseos enseñaban «amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo». Parece razonable en términos humanos. Pero Jesús iba a ir más lejos. Tu prójimo también es tu enemigo. Ese que te difamó. Ese que te hizo daño. Ese que no es de tu grupo, de tu religión, de tu raza, de tu partido.

Ahora, escuchame bien, porque acá está la profundidad que muy pocos ven en esta parábola. Jesús no contó la historia del buen samaritano para enseñarle al intérprete de la ley sobre solidaridad. Le habló para aplastar su soberbia. Para mostrarle que estaba condenado. Que creía ser bueno y no lo era. Que se consideraba cumplidor de la ley, amante de su clan, sin fallas para con Dios, y todo eso era una ilusión construida sobre un orgullo que no le dejaba ver la realidad.

Y lo más duro de todo: eso nos pasa a nosotros. Nos pasa a los religiosos que se creen mejores que los demás. Nos pasa a los que llevamos años en la iglesia. Nos pasa a mí. El orgullo no grita, susurra. No te dice «soy mejor que vos». Te dice «yo por lo menos...». Y en ese «por lo menos» se esconde todo el problema.

"En aquel momento Jesús, lleno de alegría por el Espíritu Santo, dijo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque habiendo escondido estas cosas de los sabios e instruidos, se las has revelado a los niños. Sí, Padre, porque esa fue tu buena voluntad."

Lucas 10:21 · NVI

Jesús puso al samaritano como el bueno de la película. Eso era equivalente a nombrar al peor enemigo histórico de los judíos como el héroe. Era un escándalo. Los samaritanos eran considerados impuros, traidores, parias. En Juan 8:48, los judíos le dijeron a Jesús: «¿No decimos bien nosotros que tú eres samaritano y que tienes demonios?». Era una ofensa. Era lo peor que podías decirle a alguien. Y Jesús tomó a ese hombre despreciado, sin estatus religioso, marginado, sin acceso al templo, y dijo: ese fue el que amó. Los dos religiosos, el sacerdote y el levita, pasaron de largo. El marginado se detuvo. Y con eso Jesús tiró el tablero: a los que se creían buenos les dijo «son malos», y al despreciado le dijo «vos te portaste mejor».

II Versículo

"Pero él quería justificarse, así que le preguntó a Jesús: ―¿Y quién es mi prójimo?"

Lucas 10:29 · NVI
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¿Qué hacés con esto?

Hoy la pregunta práctica es esta: ¿con qué argumento te justificás vos? No el intérprete de la ley. Vos. ¿Qué decís cuando la conciencia te toca? «Yo por lo menos no hago tal cosa». «Comparado con fulano, soy un santo». «Yo doy, yo sirvo, yo estoy acá todos los domingos». Esos argumentos no son feos de por sí, pero si los usás para tapar la convicción, son exactamente lo que hacía este hombre. Hoy, en vez de justificarte, quedáte un momento con la incomodidad. Dejá que haga su trabajo.

El orgullo no te deja ver tu condición real. Y si no ves tu condición real, la gracia no te alcanza. No porque Dios no te la ofrezca, sino porque no la necesitás. Al menos, eso creés.

Emilio
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