Solo uno amó así, y en él está todo
Esta semana arrancamos con una pregunta. Una sola. La más importante que puede hacerle una persona a Dios: ¿cómo heredaré la vida eterna? Un intérprete de la ley se la hizo a Jesús con el corazón torcido, queriendo atraparlo. Y Jesús, en vez de caer en la trampa, lo llevó por un camino que terminó aplastándolo. No con violencia. Con verdad. Le mostró la ley. Le mostró al samaritano. Le mostró lo que significa amar de verdad. Y al final le dijo: andá y hacé lo mismo. Sabiendo perfectamente que era imposible.
Y eso es lo que estuvimos viendo estos días. La ley pide perfección. No 99%. No «hago lo que puedo». Perfección. Amá a Dios sobre todas las cosas, cada segundo, toda tu vida. Amá a tu prójimo, incluyendo a tu enemigo, como a vos mismo, sin excepción. ¿Lo podés hacer? No. ¿Lo pudo hacer algún ser humano en la historia? No. Ni San Francisco, que vendió todo y se fue desnudo. Ni Pablo, que escribió la mitad del Nuevo Testamento. Ni vos. Ni yo.
Entonces, ¿qué hace Jesús con todo eso? Le da al intérprete de la ley las malas noticias primero. No sos tan bueno como creés. Estás más lejos de Dios de lo que pensás. Tu orgullo te tiene convencido de que cumplís cuando no cumplís. Y eso, aunque duele, es misericordia. Porque sin mala noticia, la buena no tiene sentido.
Ahora viene lo que Jesús no le dijo en ese momento al intérprete de la ley pero que está debajo de toda la historia. Hay alguien que sí amó a Dios sobre todas las cosas, cada segundo, toda su vida. Hay alguien que sí amó a su prójimo, incluyendo a sus enemigos, incluyendo a los que le clavaron las manos, de manera perfecta. No como yo que amo condicionalmente, no como vos que amás cuando te tratan bien. Perfectamente. Y ese es Jesús.
La propuesta no es que vos te conviertas en el samaritano de la historia. La propuesta es que reconozcas que vos sos el tipo tirado en el camino. Herido, sin fuerzas para ayudarte a vos mismo. Y que hay uno que se bajó de su mula, que interrumpió su eternidad, que puso sus recursos, su cuerpo, su vida, para llevarte a un lugar donde puedas sanar. No porque lo merezcas. Porque él es así.
Y la pregunta al final no es «¿qué hacés vos por los demás?». La pregunta que Jesús le hace al intérprete de la ley es: «¿Quién fue el prójimo del que cayó?». El que usó misericordia con él. Entonces Jesús le dice: andá y hacé tú lo mismo. No como mandato de perfección. Como invitación a parecerte, aunque sea un poco, al único que lo hizo perfectamente.
"¡Soy un pobre miserable! ¿Quién me librará de este cuerpo sujeto a la muerte? ¡Gracias a Dios por medio de Jesucristo nuestro Señor! En conclusión, con la mente yo mismo me someto a la Ley de Dios, pero mi carne está sujeta a la ley del pecado."
Romanos 7:24–25 · NVIEscuchá esto. La persona más perseguida, más difamada, más injustamente tratada en la historia de la humanidad es Jesús. Mahoma conquistó territorios a espada. Moisés mató a un hombre. Ningún líder religioso de la historia tuvo una vida perfectamente limpia. Jesús sí. Fue manso toda su vida, sin un segundo de excepción. No le hizo mal a nadie. Y aun así fue el hombre más odiado. Lo burlaron, lo azotaron, lo escupieron, lo desnudaron, lo crucificaron, y mientras agonizaba dijo: «Padre, perdónalos». Ahí está el samaritano real de la historia. No el de la parábola. El que la parábola señalaba. Y lo loco es que los que lo clavaron a la cruz, si creyeron, están en el cielo. Eso es lo que hace la gracia. Eso es lo que este intérprete de la ley necesitaba entender. Y nosotros también.
"¿Cuál de estos tres piensas que demostró ser el prójimo del que cayó en manos de los ladrones? ―El que se compadeció de él —contestó el experto en la Ley. ―Anda entonces y haz tú lo mismo —concluyó Jesús."
Lucas 10:36–37 · NVIHoy, antes de cerrar la semana, hacé una sola cosa. Respondé honestamente esta pregunta: ¿en quién estás confiando para estar bien con Dios? ¿En lo que hacés, en lo que evitás, en los años que llevás creyendo, en lo que te diferencia de otros? O en lo que Jesús hizo por vos. No es una pregunta trampa. Es la pregunta de fondo de toda esta semana. Si la respuesta honesta te incomoda un poco, bien. Ese es el primer movimiento real. Nosotros no nos salvamos por lo que podemos hacer. Nos salvamos porque él hizo lo que nosotros no podíamos.
Toda la semana estuvimos parados frente al mismo espejo: la ley que no podemos cumplir, el orgullo que no nos deja ver, la misericordia que no podemos sostener. Y al final siempre terminamos en el mismo lugar: hay uno que sí pudo. Confiá en él. No mañana. Hoy.
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